miércoles, 18 de julio de 2007

El orgullo gay

La cita fue el viernes veintinueve del mes pasado, a las cinco de la tarde, en el Aeropuerto Eldorado. Ricardo y yo nos encontramos pasadas las cuatro y media, para comprar cada uno un detalle de despedida para Mamá, que se radicó desde esa noche en Barranquilla. En la época de recesión de la construcción, mi Papá fue uno de los damnificados y fue a parar a La Arenosa, en donde ha labrado durante estos últimos años una vida que le permite mantener algún nivel socio-económico interesante, con la obligada separación que eso significó -nada nuevo-, pero que al parecer está dando frutos suficientes para una honrosa supervivencia en la vejez ya próxima.

Hubo lágrimas, yo especialmente me sentí afectado porque mi relación filial se había venido deteriorando desde la pelea con mi hermana el año pasado.

En la noche, pasadas las nueve, recibí la obligada llamada de mi Mamá reportando su llegada. Muy parca, más seria que lo acostumbrado. Entre ella y yo poca falta han hecho las palabras, de eso pueden dar fe los pocos que conocen nuestra dinámica familiar, porque el solo tono de voz ya nos permite saber cómo está el uno y el otro, una especia de comunicación subliminal.

Esa noche salí con Eduardo. Amanecimos juntos con despertador muy temprano porque se disponía a su viaje de vacaciones a Orlando, con escala en Ciudad de Panamá, su cuna. Allí lo esperaban sus padres y su hermano. A pocos minutos de despertar, me sorprendió una llamada de mi Mamá. Con franca preocupación me comentó que veía a Papá muy enfermo, y que no tenía idea de lo que pudiera ser, que si había forma de que yo viajara en el término de la distancia porque lo veía realmente grave. Primer signo de alarma inquietante, dada la tirantez de nuestras últimas conversaciones.

Él pasó al teléfono, ¡horror, se está muriendo!, patognomónico signo de alarma de la gravedad de la situación. Pocas veces, casi ninguna, él me pide opinión con respecto a su salud, menos en medio de la álgida situación familiar. Me asusté, sin embargo con la mayor calma traté de establecer la causa de su sintomatología. Solo al final de la conversación, un detalle referente a la frecuencia y característica de su función vesical reciente, me hizo sospechar el diagnóstico; le pedí que pasara a Mamá nuevamente al teléfono y le dije, casi le ordené, que fueran de inmediato a un servicio de urgencias, rogando porque él no perdiera el ya mermado estado de conciencia antes de recibir algún tipo de atención profesional.

Me arreglé, Ricardo me acompañó al aeropuerto -a pesar del empute de mi Nené lindo- y logré el vuelo a Barranquilla de forma tal que a las once y media de la mañana estaba ya en la puerta del servicio de urgencias de la institución en donde estaba recibiendo sus primeros cuidados.

Quedé lelo cuando lo ví, después de saludar a Mamá más cariñosamente que de costumbre. Tenía unas ojeras literalmente mortales. Sentí un escalofrío que me hizo pensar en segundos en todo lo que implicaría un desenlace fatal en aquellas circunstancias.

Para su traslado mi Mamá vendió el apartamento, envió el trasteo, cerró toda su vida en la capital, con la ilusión de compartir de nuevo el lecho marital con el único hombre que ha malmerecido su amor incondicional. No era justo que ahora, que por iniciativa propia él la invitaba a la convivencia, fuera a hacer falta de forma definitiva.

Como pudo se levantó al baño para tomar una muestra de orina, y lo vi tan desvalido como jamás en la vida. Ese ser supremo que siempre se empeñó en ser, se estaba desmoronando a pedazos. Envejecido en un par de meses como no en toda su vida, lo percibí desfallecido a las puertas de una muy dura prueba de existencia. Estaba abandonado, como nunca, a su suerte en manos ajenas.

Nos hospitalizamos seis días con sus noches, padeciendo la impericia y, por qué no, la negligencia en la atención de salud que estábamos recibiendo. Primero de muy buena forma, al final ya casi a las patadas, logramos una leve recuperación para salir corriendo a ver qué lográbamos hacer de forma particular desde la casa, con controles de laboratorio que fueran confiables y solicitando la orientación de algún profesional realmente comprometido con su labor.

Fueron días muy largos, noches eternas en las que hablamos de lo divino y de lo humano, evadiendo -quede claro- cualquier mención en torno a mi vida personal. Fuimos en extremo cordiales, procuramos no tocar temas prohibidos, logramos respirar suavecito para no molestarnos, nos embebimos en silencios antiquísimos. La hora de la llegada de mi Mamá en las mañanas se convirtió en el mutuo anhelo diario para desvanecer el pesado aire que casi se podía cortar con una navaja.

En la última madrugada hospitalaria, cuando intervine para extraer la muestra de sangre que el bacteriólogo no pudo obtener, hallé sentido a mi presencia. Al día siguiente, cuando el especialista endocrinólogo -doctor Ernesto Paulo Rebolledo Santoro (merece especial mención de reconocimiento y agradecimiento)- se negó a cobrar su impecable consulta por tratarse del padre de un colega, me sentí obsequiado por la vida. Esa misma tarde, cuando una breve nota del médico sirvió para obtener el más meticuloso de los servicios y un importante descuento en el laboratorio clínico -Laboratorio Continental (la mejor infraestructura de su tipo en todo el país)-, me sentí orgulloso de mi muy pordebajeada profesión.

Y de mí, por haber tenido la disposición de marica para asumir el cuidado de mi padre, sin pensar en nada más que eso, en recuperarlo para mi Mamá y para la vida y para el resto de sus hijos, los de verdad y los prohibidos, y para las novias que le aguanten y para seguirlo queriendo a pesar de las diferencias y de las inconformidades.

El promedio del reporte de las glucometrías de esta semana no sube de 130 mg/dl (valores normales entre 70 y 110 mg/dl), después de haber ingresado a la clínica en estado de cetoacidosis con un valor de 592 mg/dl, cifras consideradas prácticamente normales para un paciente que recién ha sufrido la injuria perniciosa del azúcar de forma tan abrupta.

Si mi Mamá no llega se nos muere el viejo. Las providencias de mi Dios, que parece ahora sí existir para nosotros.

Esa fue mi celebración del orgullo gay. Gracias a la vida y a sus renovadas oportunidades.

martes, 5 de junio de 2007

HOMENAJE

No acostumbro responder en mi celular llamadas de números desconocidos, sin embargo el 24 de mayo, pasadas las cinco de la tarde, recibí con extrañeza la llamada de Juan Felipe, un viejo amigo que no veía hace casi dos años, con el que nos comunicábamos vía chat para un cordial saludo esporádico.

"Javier, siento mucho ser el portador de malas noticias, pero Germán falleció esta mañana. No conozco detalles y no quieren que alguien se entere, pero me sentí en la obligación de contarte. A mí me acaba de llamar David a contarme."

Estaba acompañado por mi Nené, que recién acababa de llegar a visitarme. Quedé estupefacto, mudo. Casi colgué sin modular palabra. No lo podía creer. Un par de lágrimas afloraron acompañando un profundo sentimiento de dolor manifiesto en el nudo en mi garganta.

Cuando llegué de terminar mi especialización en La Habana, en cuanto me estabilicé económicamente, decidí compartir apartamento con quizás el primer amigo gay que conocí en la Internet.

En el año 96 -habiendo descubierto mi actual preferencia sexual- en cuanto regresé a Bogotá proveniente de la ciudad consentida por la niebla, me apabulló la comunicación por Internet, cuya principal utilidad consistió en acercarme al entonces subrepticio mundo del homosexualismo, que seguramente no me hubiese atrevido a conocer por algún otro medio. Mi primera cita incumplida a un sitio público gay fue a Blues, un bar que en ese entonces empezaba a posicionarse en la rumba de ambiente de la capital. Me decidí tarde a concretar el encuentro con Andrés, a quien tiempo después conocí y reconocí en otros círculos permitiéndome mitigar el arrepentimiento de ese primer encuentro fallido.

Con Ariel, mi "room mate", tuvimos una larga y bonita amistad, que nos permitió conocernos a fondo sin necesidad de encuentros sexuales de ninguna naturaleza. Su afición sexual era casi contraria a la mía. Su atención se centraba en personajes absolutamente activos, seducidos en una esquina, en un parqueadero o a la entrada de un batallón escondido. Nuestro principal punto de encuentro fue su soledad sin límites. Logramos casi dos años de armoniosa -pero nunca fácil- convivencia.

Siempre he admirado la capacidad de este hombre para la fina, y también adusta, coquetería, que le permitía levantar polvo donde menos uno pudiera imaginar. Salíamos de rumba casi permanentemente, visitando cuanto lugar había; los sitios más sórdidos eran los preferidos. Gracias a esto llegué a conocer los streeper más cotizados de la ciudad, los espectáculos más osados, metederos inimaginables, rumba de todos los colores y sabores. Gracias Ariel.

La adquisición más importante de aquel tiempo feliz fue Germán Camilo, propietario de Blues, ese primer bar de citas incumplidas que conocí recién empecé en "el cuento". Vivíamos a pocas cuadras del lugar, lo que nos permitía ir y venir sin dificultad. Era una rutina agradable, especialmente los jueves -que era el día en que Germán estaba dentro de la barra-, él tomando su cuba libre, yo tomando ron blanco o añejo sin adornos, él coquetando de manera abierta y atrevida con ese hombre, hombrazo delicioso que era capaz de suscitar los más perversos deseos en las mentes más tranquilas. Tomaba, por convencimiento, aguardiente de la más alta calidad.

Germán se limitaba a responder cortésmente, sonriendo más por simpatía que por encanto. En ese entonces tenía ya una relación de dos años muy bien consolidada con Johnny, a quien adoraba con amor infinito, a pesar de la postura de sus amigos inmortales.

Llegado el momento de la celebración de un aniversario del lugar, nos invitó a un evento especial, a lo que respondimos con un hermoso ramo de flores de felicitación y agradecimiento. Ese detalle dio inicio real a nuestra amistad. Ariel desapareció de escena -por motivos ajenos a nuestra razón- y entre nosotros se cultivó una cercanía llena de momentos compartidos, de recuerdos de una infancia con las cosas comunes de la coetaniedad. Nos volvimos, mi Bebé y yo, mobiliario del sitio, asisitiendo de jueves a sábado sin falta, especialmete en los momentos económicamente más críticos cuando -por decisión no solícita- Germán Camilo permitió nuestro ingreso sin erogación alguna, sin más razones que su amistad incondicional.

Para mí esa amistad representó mucho más de lo que se puede expresar con palabras. Fue con él con quien me dí la licencia de conocer el único fármaco ilegal que he probado en la vida, fue con él con quien me permití embriagarme con la seguridad de no ser jamás calificado, fue con él con quien compartí cuatro años seguidos la Navidad que no quise pasar en familia. Fue mi hermano escogido. Casi mi amigo del alma.

Un buen día me alejé, sin malas intenciones, solo con la idea de dejarlo descansar.

Algún día recibí una llamada mal intencionada, hablándome de una penosa enfermedad que lo agobiaba. Muchas noches fuimos con Ricardo a buscarlo, en su escenario natural, sin encontrarlo. La última vez que lo vimos, alcanzamos a presentarle a Eduardo, fue una noche allí en el vestíbulo del bar, en donde con mucha frecuencia pasamos nuestras noches de tertulia, y palidecí ante la realidad inverosímil del monstruo que se lo tragaba, no sin oponer la fuerte resistencia que su espíritu de lucha siempre le dictaba.

Tras muchas crisis superadas, recayó sin aviso.

El jueves 24 falleció al finalizar la tarde.

La noche del sábado 26, por iniciativa del Jocker y de Joey, estuvimos bailando en Fercho´s. Aunque mi ánimo no era el mejor, decidí rendir homenaje de esa manera al amigo que acabábamos de dejar en las puertas del cielo. Me llené de una energía inusitada, como la que él se gozaba en mí. La complicidad de la noche me permitió llorar en silencio en el hombro de mis niños sin que nadie se percatara por ello. Pasé la noche en vela recordando todos y cada uno de nuestros momentos -todos bellos- compartidos. Sirvió de homenaje incluso el enfurecimiento de mi Nené por mi actitud incomprendida, habría sido del encanto del amigo ausente recordando las no menos monumentales pataletas de su joven pareja. Lloré en silencio como hace mucho no lloraba, como se llora a un propio muy querido.

Perdona Eduardo por haberme ausentado, perdonen amigos por haberme escabullido sin despedida, perdonenme contertulios por no haber estado a la altura del lugar esa noche. Perdona Villamizar por no haberte invitado oportunamente para haberle pateado el culo al destino.

Duele putamente con impotencia, duele con el dolor de la ausencia a la que me sometí por no joderlo. Mi respeto para él en su morada. Mi solidaridad con Johnny en su soledad acompañada. Mi cariño a Rúben, César, Maya, Jorge, Giova, Lucho, Charlie, ellos sí que lo supieron acompañar, aún desde la distancia, hasta el final, hasta su última morada.

Dolor de ausencia, dolor de muerte, martirio de soledad.

Germán Camilo, en tu hogar espéranos para continuar la rumba desenfrenada que le hizo más falta a nuestro corazón. Y, por Dios, perdóname.


...


Ahora Ricardo, Bebito, creo que no hacen falta palabras.









jueves, 17 de mayo de 2007

Por poco y no regreso


Estoy tratando de estrenar cara. Es mucho lo que ha sucedido desde la última vez, tendría mucho por escribir. La vida casi que nos ha dado un vuelco, que poco a poco iré comentando. He editado varias entradas, he eliminado otras que no consideré de mucho interés. Le debo una gran disculpa a todos los que se sintieron excluidos, pero la verdad no encontré otra forma de "salir de la blogósfera" sin que fuera limitando la entrada a TODOS. Es decir, no se trataba de si eran amigos o no, ni mi Bebé, ni mi Nené, ni los habituales. NADIE tuvo acceso hasta hoy.

Eso, como era de esperarse, ocasionó que una gran cantidad de bloggers me sacaran de sus enlaces. Más de uno en la calle me miró con rencor. En el MSN inadmitieron mi nombre en tropel. Quedé solito. Mi Bebé aún se pregunta por qué diablos llevamos más de cinco años durmiendo juntos y no lo considero tan amigo como para permitirle el ingreso a mi blog. Y el nuevo novio no me perdona el agravio de habernos conocido y haberlo excluido sin explicación.

¡Horror!

Imploro perdón. Sigo peleando con la subida de las imágenes, la plantilla no acaba de gustarme, no sé si quiero o no comentarios ya que pretendo escribir, mejor dicho, seguir escribiendo para mí sin lugar a la crítica, je je je jé.

Desde la últma vez he rumbeado poco, mis vicios húmedos se han limitado a la trieja. Sigo sin hablar con mi hermana y cada vez más distanciado de la relación familiar. Mi Mamá casi no se atreve a decirme que no le agrada que haya un tercero rondando en mi relación. El trabajo no ha cambiado mucho, la verdad; las cirugías de siempre sin que merezca aún un pleito médico-legal por un resultado desasatroso. Los negocios se van puliendo y los líos de sociedades sin mucho nuevo qué decir. Ojalá resulte algo serio de verdad y pronto, porque esta inercia me está matando y me mantiene con el genio alborotado. Los que "pagan el pato" son mi Bebé y mi Nené. De rodillas les seguiré pidiendo perdón por eso.



Bueno, este es solo un post de prueba, para seguir escribiendo después.


A mis niños, que los AMO.