martes, 14 de noviembre de 2006

Mary Villa Zapata

Muchos días han pasado desde mi ultima incursión en este, mi espacio. No existe razón aparente, pues tema hay de sobra. El tiempo no me ha faltado, de hecho visito casi a diario a todos aquellos que frecuento, todos casi que me encantan. He tenido, incluso, espacio para el análisis a partir de lo posteado por los amigos habituales, unos más simpáticos que otros, otros más trascendentes que los primeros, en fin... Siento que ha sido tanto el tiempo que los problemas ya no son los mismos, las preocupaciones escritas se han disipado para dejar pasar nuevos motivos de adversidad y de alegría. Y mi Bebé, es el mismo, por el que lloro, por el que existo, por el que he decidido ser feliz.
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Será este el momento de lamentar la ausencia autoimpuesta de Xavi, que desde Sabadell prefirió dedicarse a menesteres de pronto más productivos. Otro abandono invaluable es el del autor de Basando la vida en el Pene, un oso venezolano que en una diatriba contra sus congéneres, invita a la reflexión en torno a lo que debe significar la bitácora personal, lejos de cualquier amargo gustillo a la fama y a placeres mundanos. Me has puesto a pensar, de repente eres el motivo de mi demora. Suerte, buen pulso y pronto regreso.
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Estoy ampliamente agradecido y admirado por los comentarios -sus comentarios- al ladrilludo post anterior. Agradezco todos los buenos deseos. No había quién se lo "mamara" por denso y aburrido, sin embargo todos y cada uno hicieron lo suyo. Especialmente un hombre virtuoso, que acaparó toda mi atención con la sinceridad de mi principio y su conclusión.
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Estoy en mora de actualizar mi blog, para lo que estoy esperando -bruto yo- comprender la nueva versión. Así es que a todos aquellos que me han vinculado, a los que me visitan con regularidad, les debo mi profundo agradecimiento (¡cuando quieran profundizar!) y mis disculpas por la demora innecesaria, no por no tenerlos como prioridad sino porque me hago horrores al tratar de aprender sobre el sistema. Mil perdones.
Mención muy especial para decent queer, patto, hombresparahombres, raúl y emisiones nocturnas. Me embeleso con todos sus post y quedo noqueado con la indexada. Gracias por el dibujo, jejejeje.
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Y mi Bebé, admiro a mi Bebito. Desde que le cambiaron el proyecto en la oficina, no ha tenido tiempo ni de leer a los amigos. Ahora terminando exámenes mucho menos. Mary -ya los pondré en antecedentes- está aterrada con el hecho de que su muchacho haya pasado de largo el viernes pasado haciendo un trabajo de universidad con un compañero. Nadie, ni Diana Victoria, ni sus compañeras de clase, ni Mary lo podían creer. Es que él no acostumbra hacer esas cosas. Él prefiere ir pianito pianito para que a la hora de la verdad todo esté listo sin necesidad de "clavadas" innecesarias. Mi Bebé es un juicioso lindo aunque a ratos se le revuelvan los genios.
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Nuestra historia -la mía con Ricardo- se inició hace cuatro años, ocho meses y veintiniueve días, exactamente el quince de febrero del año 2002. Ya contará él los pormenores de nuestro primer encuentro. Para el caso, lo importante es que uno de sus amantes habituales -amigo común- nos presentó en esa tarde de viernes.
No habían pasado tres semanas y ya dormía conmigo casi que a diario. Su Madre, natural de La Virginia, ha hecho su vida en la trasnochadora, querendona y morena ciudad de Pereira. Su hermana mayor es profesora de primaria en una escuela perdida ubicada en Santuario, un igualmente perdido municipio del Departamento de Risaralda. Su hermana menor -él es el del medio, único varón- estaba recién llegada a la capital, en donde comenzaba a estudiar Tecnología en Electrónica y Comunicaciones en el ITEC, el desaparecido instituto de la igualmente desaparecida Empresa Nacional de Telecomunicaciones TELECOM, la misma tecnología que mi Bebé estudiaba con cuatro semestres de ventaja.
Estaban instalados en una vivienda estudiantil cercana al ITEC, en donde compartían habitación. Diana Victoria, a la postre mi cuñada, encontró muy conveniente el traslado virtual de Ricardo a vivir conmigo, porque de alguna forma eso liberaba espacio y le permitía una descomplicada convivencia con quien hasta hace poco hiciera las veces de su príncipe consorte, hoy "exiliado" en Alemania.
A los dos meses arrendamos un bonito apartamento, estrenamos todos y cada uno de los enseres; lo convertimos en un bello rincón gay en medio de la prestigiosa Avenida Pepe Sierra ubicada al norte de Bogotá. Así empezamos a hacer vida en común. Ya en ese momento se podía decir, a solo dos meses de haber tenido sexo por primera vez, que estábamos casados.
La lejanía de Mary, su Mamá, era muy conveniente para mí, pues lo tenía a mi entera disposición. Fue una época de gloria: un buen cargo, un salario decente, un novio bonito, una posición de prestigio en el medio...
Su papá, aunque vivía en Bogotá, no ocupaba mucho de su vida: un par de almuerzos al año, unas contadas conversaciones telefónicas durante el semestre. Nada por qué preocuparme.
Salir con Ricardo era delicioso, lo sentía y lo sabía obnubilado, le gustaba todo lo que yo decía, devoraba cada una de las palabras que yo mencionaba. Podía pasar horas y horas mirándome interactuar con el mundo, sabiéndose fascinado. Sus ojos, de solo hallarse a mi lado, brillaban con júbilo. Logró enamorarme. (¡Qué vanidoso me siento!)
Ocasionalmente su Mamá llamaba al apartamento, creyendo seguramente (o eso pretendíamos nosotros creer que ella creía) que se trataba del lugar de vivienda de alguno de sus compañeros de estudio. Mary, muy seria, preguntaba por Ricardo Parra, que -acostado al lado mío- se turbaba tanto como yo por las inesperadas llamadas, a las horas más inverosímiles.
Cada que ella venía a Bogotá, antes de comprarles a Diana Victoria y a Ricardo el apartamento en Capellanía, dormía en donde Aliria María, una de sus hermanas, abogada. Ya con el apartamento fruto de la jugosa liquidación de TELECOM, tenía a dónde llegar, lo que significaba el trasteo de mi Bebé para pretender que ella no se daría cuenta. Eso, obviamente, gracias a mi poco entendimiento, nos trajo más de una discusión pendeja.
Un jueves cualquiera Ricardo me llamó y me dijo que si esa noche íbamos a donde su Mamá que necesitaba que la viera un médico. Lo increpé aturdido por lo absurdo del requerimiento, a lo que me respondió que no había problema, que él buscaba a alguien más que sí estuviera en disposición de hacerle el favor. Me convenció.
Por los enredos de la liquidación de TELECOM, ella -que estaba recién hipermegapensionada- no tenía servicio de salud y refería un dolor lumbar que bien parecía tenerla al borde de la discapacidad.
Ricardo, saliendo de la oficina, me recogió y nos fuimos para Capellanía. Yo no me hallaba, no sabía qué pensar, no imaginaba qué decir ni cómo reaccionar. Aunque la había visto un par de veces, tenía terror por el encuentro. Mary Villa Zapata bien podría ser una mezcla perfecta entre Pancho Villa y Emiliano Zapata. Así de arrolladora puede ser su presencia.
Serían las siete de la noche pasadas cuando Ricardo accionó el timbre. Ella salió a recibirnos, con una sonrisa que yo no podía creer. Mucho abrazo y gran bienvenida. En cuanto entramos al apartamento, observando la mirada de Diana Victoria, mi Bebé y yo comprendimos que todo había sido un montaje para mi "ingreso" a la familia.
Después de comer, le hice la consulta, tomé sus signos vitales, la interrogué y la examiné tratando de ser el más convincente de los profesionales.
Cerró la puerta con llave, abrió una botella de whisky, nos emborrachamos, fumamos, bailamos, nos juramos amor eterno y pasé a ser uno más de sus protegidos. Desde entonces llegamos (dormimos) a su apartamento en Pereira, organiza paseos y planea viajes, llama y nos regaña, le encanta que le cocinemos... Ya hago parte de su familia, en lo que Ricardo -claro- me permita. Con sus tíos, con sus primas, con sus amigos.
Nuestra última charla fue antier, cuando le comenté que Ricardo está muy juicioso trasnochando para las tareas de la universidad, cuando me dijo que llamara a su nieta para aconsejarla de estudiar, cuando le dije que la visitaríamos en el primer puente de diciembre, cuando me dijo que necesitaba que Ricardo se graduara rápido para trasladarnos, todos, a Puerto Rico a hacer vida allá, cuando le dije que cómo pasó su cumpleaños y me dijo que aún no terminaba de celebrarlo.
Mary Villa Zapata, la generala. Cualquier parecido con Miranda es mera coincidencia. Je je jé.
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Y con el perdón de mi Bebé, que tiene una Mamá muy verraca!!!

viernes, 27 de octubre de 2006

Con la güevonada alborotada

Este será un post bastante pesado y aburrido. Tengo la cabeza y mi vida hechas un absoluto mierdero; este blog se ha erigido como el más leal de mis paños de lágrimas, casi el único lugar donde puedo desahogar mis "penas" sin mamar a nadie con la perorata.
Pretendí pasar una noche decente después de haber tenido un terrible encuentro con mi Bebé, mea culpa, pero no fue posible. Dormí mal, me desvelé, antes de que Slovodan iniciara el reporte de noticias a las cinco de la mañana en La W, ya estaba despierto. Logré conciliar algo de sueño pasadas las seis de la mañana. Juan Pablo mi sobrino, hijo de Leonor Aydeé mi hermana, me despertó con beso y abrazo, serían las seis y media. Se recostó a mi lado en el sofá-cama que me sirve para dormir por estos días de cruel separación, en la sala del apartamento de mi Mamá. No pasaron tres minutos y llegó mi hermana gritando como enloquecida a pelear con él, que lo había mandado por desayuno, que ahora lo que tocaba era bañarse primero, que qué irresponsabilidad. Casi lo arrastró hasta la ducha, en medio del llanto del pobre niño, para obligarlo al orden aleatoriamente por ella establecido. Son las ocho y veintinueve de la mañana y la puta camioneta que lo recoje los días de pico y placa -los otros lo transporta ella directamente por efectos de la precaria economía familiar- no ha llegado.
Tocó levantarme a pelear con todo el mundo: no dejan dormir, para qué lo hacen llorar si estaba contento, por qué demonios no lo dejan desayunar, esta loca prefiere verlo chillar...
La situación con Leonor Aydeé, la mayor de las "niñas" de mi casa siempre ha sido muy compleja. Desde muy niños mantenemos una relación muy tensa. Es una persona que al interior de la familia es de muy difícil trato. En la calle es la más maravillosa de las personas, dispuesta a todo lo que los ajenos requieran a costa de lo que sea. La más fiel amiga de los amigos, la más devota amante de los machucantes, la más dedicada samaritana de los que -de puertas para fuera de su familia en primer grado de consanguinidad- requieren ayuda. Nunca he podido con su grosería, es la única a la que se le han escuchado palabras de todos los tonos y calibres bajo el techo materno; no escucha razones a menos que se le impeten en medio de una gresca, las razones son las suyas; pelea y casi que hiede contra la abnegación de Mamá, que para nosotros ha sido el más diáfano ejemplo de entrega y dedicación por su hogar -su vida se agotó con nosotros, por nadie más-. Mientras mi niñez, adolescencia y juventud giró en torno a procurar ser el niño modelo de mi Mamá, Leonor Aydeé se empeñó en ser la rebeldía acérrima y recalcitrante. Mi papá por su parte siempre increpó en contra mía por todas las desaveniencias de mi hermana, con la estúpida justificación de que por ser el hermano mayor debía responder por la responsabilidad, valga la redundancia, que sólo le cabía a ella sobre sus actos. Bueno, para él siempre fue la forma más cómoda de acomodar su ausencia.
Claro, esto no quiere decir que con ella no nos profesemos el más profndo de los amores filiales. Seguramente la corta diferencia de edad que tenemos, nos ha hecho de alguna forma los más silentes cómplices. Fue hace poco más de un año cuando -estando en medio de una reunión de trabajo- me llamó llorando, que necesitaba que fuera a rescatarla, que se habían cogido a golpes con el hijueputa de su marido.
Vivían en Sibaté, en un rancho que daba grima, a orillas de la represa del Muña, cuyo arriendo ella pagaba. Ese marido que consiguió ha sido el más grande de los parásitos, garrapata malparida. Fueron muchas las veces que me levanté con la preocupación por ellos. Nunca fui a su casa pero muchas veces llamé sólo para escuchar la voz de Juan Pablo, sólo para saber que estaban, no más.
Fui, casi le ordené recoger apenas lo justo, recogimos al niño en el colegio y la llevé a vivir conmigo un par de meses. Esa mima noche fuimos a Unicentro y de no sé dónde putas, les compré a ella y al niño con qué vestirse para que no tuvieran que regresar a nada a esa pocilga al lado de ese canalla. Si hubiese tenido la mala fortuna de encontrarlo, estaría hoy pagando condena por un bandido que no vale la pena. Cuando las cosas se me empezaron a complicar por el incumplimiento en el pago de mis salarios, la traje al apartamento de Mamá (donde todos escampamos) para que -entretanto- papá respondiera por ella.
Hoy en día sigue ensañada en hacer llorar al pequeño, que es lo más adorable que tengo en sobrinos. Un rubio de ojos verdes, con cinco años de edad, muy cariñoso pero de muy mal carácter (parece hijo de sus papás), que por eso mismo ha sufrido lo insufrible porque todos le tienen mala fe. Yo al principio también lo quería "derechito", como me criaron a mí en esa difícil época que nos tocó a todos los coetáneos: no se le contesta a los mayores, se les acata sin mirar a los ojos, se les respeta porque sí y no porque se lo merecen. En no pocas ocasiones terminé abrazándolo, llorando al tiempo con él por una injusticia que yo mismo había cometido. Por una de todas aquellas que me había prometido no repetir jamás en rebeldía por lo que me tocó con mis padres. Es un niño bello y noble, pero a esta cretina le encanta hacerlo rabiar.
De sólo recordar se me encharcan los ojos, estoy con la güevonada alborotada cuando ya él está en el colegio y ni se acuerda del dolor de esta mañana. Estoy con la güevonada alborotada porque me provocó llorar cuando Julio recibió la llamada de la esposa del propietario de una de las tractomulas que quemaron los terroristas esta madrugada en la vía a Buenaventura. Estoy con la güevonada alborotada porque mientras escribo tengo ganas de llorar. Estoy con la güevonada alborotada porque tengo problemas de comunicación y de entendimiento con mi Bebé y porque no tengo cómo putas pagar un cuarto para estar viviendo y durmiendo con él. Estoy con la malparidez corriendo porque no he logrado nada de mi vida, sin haber dejado de trabajar de una u otra forma absolutamente todos los días de mi vida desde muy jovencito, cuando aún no me tocaba.
Mi Mamá, pobrecita ella, no hace sino sufrir en silencio conmigo por lo que nos pasa o nos deja de pasar. Nuestra relación, desde hace muchos años es ejemplo del más espectacular de los respetos. Nuestra comunicación es subliminal. Con escucharnos la voz por teléfono y a la distancia, ya sabemos cómo está el uno y el otro. Los años que he pasado fuera, he procurado hablar con ella a diario, aunque sea sólo para saludarla. Llamadas, algunas, que no han pasado de diez segundos. Pero tiempo suficiente para sabernos ahí, y bien. Creo que no hemos peleado tres veces en la vida. Jamás he revirado en alguna forma por sus muy infrecuentes increpaciones. Me siento incapaz de maltratarla de alguna manera. Es para mí lo más sagrado y puro que hay. Mi condición de vida la he hecho tácitamente en torno a ella. Por eso, el día que la encontré hablando con Ricardo en un corredor de Unicentro, supe que era él y no otro. Terminé de enamorame con el beneplácito mudo de ella.
Jamás hablamos de nada que no sea un comentario casual. Nunca comentamos nada que pueda representar malestar para alguien. Solo estamos patológicamente ahí, el uno para el otro.
Con papá la cosa es bien diferente. Si nos ven por la calle dirán que somos los mejores amigos. Caminamos de gancho, nos reímos, hablamos, nos saludamos y despedimos de beso. Y podemos pasar años, sí, años, sin cruzarnos palabra. No nos hacemos falta. Soy implacable con él y él lo es conmigo. No acepto muchas de sus cosas, no acepta las mías. Por respeto o temor, no sé, jamás le he pasado a Ricardo al frente. De pronto sólo por evitarle la incomodidad a ambos y a cada uno. Estando con él me encuentro con los más inconvenientes. Si voy por la calle me cruzo con alguno de esos que no tienen reparo en acercarse, saludar de beso y abrazo y decir: amiga, preséntame a tu papá (es que el parecido es absurdo, ¡no habría tenido cómo negarme!). Si vamos a una oficina, aparece el "hembro" soñado y coquetea conmigo sin el más mínimo recato. Es con el único que no se menciona el asunto. Es con el único con el que se evita la vida familiar de pareja. Y no porque no lo sepa...
Llegando de La Habana, hace seis años, decidió que si yo llegaba a la casa materna, él se iba porque no quería convivir con un marica descarado. Mi Mamá, muy puesta en razones que aún no comprendo, se paró "en la raya" y determinó que esa era mi casa, que yo era su hijo y que lo que él decidiera era su problema. De eso me enteré pasados un par de años. Ya no guardo rencor. Estoy seguro de ser quien le cuide sus días postreros, en compañía de mi Ricardo o de quien decida hacer sus veces en ese lugar y tiempo. La vida da ese tipo de volantines y vaya uno a saber qué más nos depara el cruel (!) destino.
Sin embargo eso, somos los mejores amigos (!).
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Desahogando otras inquietudes, comento que ayer estuve en una reunión de negocios muy particular: asistimos a la presentación de MI modelo de negocio en relación con las unidades de cuidado crítico.
Ernesto Urdaneta, un industrial y comerciante colombiano que vive en Miami, viajó a Bogotá para hacernos la presentación de un modelo de asociación para operar unidades de cuidado intensivo. Es curioso conocer a alguien con la misma visión de negocio que tuve yo cuando arranqué con el embeleco de dedicarme al negocio de la salud. Lo más curioso es saber que este personaje con su empresa opera en la actualidad por lo menos dos negocios que nosotros -el doctor Rafael Enrique y yo, desde Coonsultores C. T. A. y desde Vital Care S. A.- previamente habíamos presentado: las unidades de cuidado intensivo de la Clínica de Especialistas de Neiva y la neonatal de la Clínica Juan N. Corpas en Suba - Bogotá, D. C. Más curioso aún saber que este personaje y su equipo de trabajo trabajan con los flujos que yo produje en torno a cada un de esas unidades de negocio.
Cuando el doctor Rafael Enrique me comentó al respecto, mi respuesta fue sí, pero qué le hacemos, él tiene el dinero que nos hizo falta a nosotros. ¿Será que se cierra el círculo y que de la mano de Meditech podemos hacer los negocios que soñamos? ¿Será que somos "la rueda suelta" que le hace falta a Meditech o serán ellos los inversionistas con verdadera visión empresarial que siempre hemos soñado para enriquecernos y hacer de la nuestra una existencia más digna y distinguida? ¿O, por lo menos para mí, será lo que me hace falta para sobrevivir a los duros embates de la vida?
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Normalmente no requiero de banda sonora para postear, sin embargo hoy me acompaña una joya de la música culta: Carmen, de George Bizet, en versión de la Orquesta del Teatro Nacional de la Ópera de París, protagonizada por los legendarios María Callas y Nicolaï Gedda, bajo la dirección magistral de Georges Pretre (con gorrito en la primera e). Este fue uno de los primero álbumes en CD que tuve, cuando aún se prensaban únicamente en Alemania. El nuestro fue uno de los primeros reproductores de CD que entró al país, hace muchos años, cuando en el aeropuerto no sabían qué era esa vaina y en las revistas se publicaba como un invento remoto. Nos lo regaló Tío Jaime, lo trajo de Panamá cuando estuvo allí como parte de la delegación secreta del Estado que se reunió con los más altos jefes del narcotráfico, siendo Procurador Delegado de la Policía Judicial. Sí, la reunión famosa a la que asistió el ya expresidente López Michelsen en la que los jefes de la mafia, en presencia del general Noriega -entonces jefe de Estado panameño-, ofrecieron pagar la deuda externa nacional a cambio de poder ejercer, subrepticiamente -claro quede-, su negocio, asegurando no permitir el consumo de alucinógenos a nivel nacional. Sólo exportarlo para beneplácito de los adictos norteamericanos. La respuesta del Estado, durante ese gobierno -el del doctor Betancur Cuartas- fue anunciar la política de extradición que más adelante desencadenó la espantosa violencia que sufrimos los que no tuvimos la oportunidad de decidir el camino más conveniente: legalización ó satanización del narconegocio.
Vuelvo a la música. Tengo una verguenza descomunal con Demock porque no he podido realizar la tarea que me impuso. Después de mucho pensarlo me doy cuenta de una cosa: nunca he tenido grupo musical preferido. Intenté hacer la tarea a punta de videos de Queen, pero muy lejos está de ser mi grupo o artista preferido. Nunca he entendido las letras de su música, como jamás me he percatado de la letra de ninguna otra pieza musical. Soy el más absurdo de los melómanos. Me encanta la música, me pone a volar, me manipula el espíritu y el ánimo. Pero jamás he sido conciente de la letra de una canción. Desde niño nunca jamás. Me gusta el sonido, la armonía, el ritmo, pero no tengo puta idea del autor y su letra. Admiro como a nadie a los compositores, son dueños de una sabiduría y de un sentido de la estética que no me atrevo a cuestionar. Pero las letras no tienen significado para mí. Mi Bebé lo puede avalar: soy una torta de ahuyama, una bola loca, una absoluta güeva para las lyrics. Aunque hay muchas que canto de memoria, no se extrañen -si alguna vez me escuchan- que reemplece una palabra fundamental por otra cuya rima sea similar pero cuyo significado sea absolutamente diametral. Eso es para mí la música, armonía y ritmo. No significado. En mi época de tangos, me los aprendí todos, en la de boleros se me escaparon pocos, en la de ópera recité las más avezadas árias, pero confieso que jamás he comprendido el significado, siquiera, de sus títulos. Otro mea culpa.
Demock, amigo, si me lees (que espero que no), soy incapaz, quítame el saludo y la visita porque no puedo, no tengo sustrato, no hallo el cómo. Mil disculpas. Lo intenté y fracasé.
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Plácemes porque anuncian hoy en la prensa nacional que tendremos nueva Superintendente de Notariado y Registro, en emplazo del bandido hermano del presidente de la Cámara de Representantes que se niega a tramitar adecuadamente el proyecto del reconocimiento de los derechos patrimoniales y de seguridad social de nosotros los maricones, perdón (sic), los gays. Se trata de la abogada, goda recalcitrante, Lyda Beatriz Salazar Moreno viuda de Camacho, el que se mató cayendo dentro de un helicóptero cerca a Caparrapí, hace como un año. Es prima hermana de mi papá. La picadita de la familia. La que en la década de los setenta hacía con mi tío Gabriel Eduardo (r. i. p.) y con mis primos William y John Jairo travesuras como la que narró mi Bebito en uno de sus recientes post. La que tuerce la jeta cada que nos vemos y la saludo con el Lyda Beatriz completo, parece que le pesara el nombre de su santa madre. Mis mejores deseos por su desempeño en el cargo. Mis respetos por ser capaz de mantenerse incólume entre esa sarta de bandidos que son los políticos.
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Creo sentirme, después de toda esta cháchara, un poco más liberado y tranquilo. Pensando en que Juan Pablo está contento por la celebración del cumpleaños de una de sus compañeritas de colegio. Creyendo que hoy seré capaz de que mi Bebé quiera volver a verme, sin hablar, solo con besos y abrazos. Esperando que el negocio de Las Américas no se malogre para poder concretar la inversión del millón de dólares que ofreció Urdaneta con MI modelo de negocio. Deseando que el seguro de la tractomula le permita al señor reponer su vehículo de carga para que pueda seguir trabajando y manteniendo a su familia acongojada. Anhelando un mejor futuro para mi Bebé y para mí, en nuestra propia casa, con suficiencia de recursos y con el amor vivo y permanente.
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Agradecimiento inmesurable por las más de seiscientas visitas que he recibido en mi blog desde el cuatro de octubre.
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Que dios, si existe, me perdone.

sábado, 21 de octubre de 2006

Paola

Se trata de la hermana del novio de Mary la mamá de mi Bebito, es decir, la "tiastra" de Ricardo.
Hace casi dos semanas, Mary -mi suegra- llamó a mi Bebito para pedirle (ordenarle, que es su estilo muy particular) que dispusiera del fin de semana del puente para recibir y atender a Paola, su cuñada, y a una amiga que venía deNueva York, de Queens exactamente. Me comentó, me pareció aburrido, pero igual frente a la orden no había ya nada por hacer. Y sin recursos propios, pues ni hablar. Tendríamos visita el fin de semana.
El sábado en la tarde -con mucho sigilo- Mary llamó de nuevo a Ricardo, le comentó que debíamos (ya estaba yo incluido en la colada) ser muy amables con la visita porque Liliana, la visita proveniente de Queens, fue especialmente atenta con ellas (Mary y Juliana, su nieta -me mata si ve que le digo abuela) cuando estuvieron a mitad de año allí de vacaciones. Además le hizo jurar a mi Bebito, si hubiera podido sobre la biblia, que no diría a nadie que Liliana era la mujercita de Paola. Je je je, ¡qué risa! Era algo previsible por cuanto mi Bebé conoce desde hace mucho tiempo la preferencia sexual de su tiastra. Faltaba ver que ella conociera la nuestra, lo que asumíamos completamente puesto que Fredy -su hermano, el novio de Mary, el padrastro de mi Bebé (me va a matar por escribirlo)- ha debido ponerla al corriente desde hace mucho tiempo. Además de mi existencia, ya muy familiar y frecuente entre ellos.
El sábado en la noche no salimos, el domingo nos levantamos relativamente temprano, después de desayunar hicimos trasteo de ropa, mi Bebé para el apartamento de Diana Victoria -su hermana-, yo para el de mi Mamá. Almorzamos donde Mamá y después salimos al aeropueto a recoger a Paola. De allí a descargar maleta en el apartamento de Diana Victoria, después a mercar en Carrefour (no había NADA en la nevera). Olvidé comentar, Diana Victoria -la hermana de Ricardo, mi cuñada, la hija de Mary, sobrinastra de Paola- estaba desde el miércoles en Pereira, de paseo-congreso. Durante el mercado, Paola compró ramo de flores para recibir a su mujercita, con quien completa una relación de más de seis años. Camino al aeropuerto, indagué sobre su vida, sobre la forma en que se conocieron, sobre su relación.
Justo antes de la salida de Liliana, temblaba de los nervios, fumaba con desesperación, parecía una chiquilla adolescente llena de angustia y excitación. Ella, después de abrazarla y besarla, entregó el ramo de rosas y cartuchos. Nosotros le entregamos un capuchino que acabábamos de comprar en Juan Valdez. Hacía un frío de mil demonios.
Liliana tiene 33 años, pereirana, vive desde los 19 en Nueva York. Trabaja en el aeropuerto de Newark con Continental, cargando y descargando aviones. Es de contextura normal para su edad, un poco abundante en busto, de cabello negro, largo larguísimo. Una persona muy femenina (quién lo diría para ese trabajo) y agradable. Muy medida en sus comentarios, excesivamente prudente en su forma de ser. Definitivamente la mujercita de la relación (perdón por el estereotipo). Por su parte Paola, una mujer bonita, frentera, un macho de cabello largo castaño ensortijado, de esos con los que uno se siente bien protegido. Abundante en carcajadas. De trato chabacán y agradable (!), menos gruesa que su novia, muy emotiva y poco cautelosa con lo que dice.
Tengo la impresión de que el viaje era como de reconciliación o de confrontación. Paola lleva un mes largo en Pereira y -a mi parecer- retó a Liliana para que vineira a atizar la llama del amor. Y lo logró.
Fuimos a descargar en el apartamento. Salimos de rumba, pasando primero a comer algo antes. Ellas corrieron con todos los gastos, nosotros no teníamos cómo. Fuimos a sungay de Cha Chá. Fuimos los últimos en entrar, qué desepero, cantidad de gente conocida y desconocida, mucha farándula. La música -extrañísimo- malísima, no había crossover y el ambiente -extrañísimo también- aburridísimo, no estaba para bailar, solo para sollar y eso no era lo que queríamos. Nos tomamos un vodka (he de decir, mini vodka), y salimos despavoridos.
Buscando llegamos a Fercho´s. Allí el ambiente era bien diferente, más acorde con los deseos y la intención. Allí compraron media de Absolut. Bailamos como locos. Coqueteamos como nunca. Estábamos rendidos. Liliana no dejó de cabecear mientras estuvimos allí (llevaba más de 24 horas sin dormir). Paola sacaba energía de quién sabe dónde diablos. Saltaba, gritaba, cantaba. A las dos y media de la mañana la sacamos de allí casi a rastras. Estábamos molidos.
El lunes, a pesar de querer madrugar, nos levantamos cerca del medio día. Desayunamos y nos fuimos de paseo al norte. Comimos postres deliciosos (el guanabanón Paola se lo hizo preparar como le dió la gana) entre Cota y Chía. Por la nueva variante fuimos a Zipaquirá. Entramos a la Catedral de Sal. Es como mi séptima visita y siempre me conmueve el espíritu y los sentidos. Además tuvimos un guía maravilloso. De allí salimos a buscar gallina criolla, que era un antojo que traía Liliana desde la Gran Manzana. Nos fue mal, resultamos en un comedero en la plaza de mercado, buen sabor pero fría y mal servida, rodeados de perros espantosos.
Hablando de perros, ese fue el karma.
La lesbipareja ha desborado todo su sentimiento maternal en el cuidado de sus perros y en la causa de la defensa de los animales. Saliendo de la salina, en el parqueadero, había un carro con un perrito adentro. Paola casi desbarató el carro arguyendo que el perrito estaba muriéndose allí encerrado, que qué colmo de gente, que qué hijueputez tan malparida la de los dueños del canchoso. Almorzando, los grandes beneficiarios de las abundosas carnes de la gallina fueron los cánidos espantosos que nos rodeaban. Todo aquello acompañado de los incesantes vituperios en contra de todo el posible establecimiento, desde los organismos estatales hasta las más miserables familias.
Mi concepto muy particular, con relación a las mascotas, es que todo ese cariño uno lo debe canalizar en los congéneres humanos, ya bastante maltrechos por el hambre, la guerra y las calamidades del tercer y cuarto mundo. Yo tendría un perrito, si tuviera con qué pagar un negrito que lo mantuviera a punto de consentirlo y quererlo sin sufrir sus más básicas necesidades. He dicho (esto me costará la cabeza). Aclaro: no estoy en contra de los dueños de mascotas, siempre y cuando tengan el justo equilibrio de su cariño entre sus prójimos y las bellas criaturas de la naturaleza, pero sí detesto a todo aquel que antepone el interés animal por encima de la necesidad del congénere. Lo digo con conocimiento de causa, habiendo vivido más de la mitad de mi vida entre unos y otros, animales y congéneres, dueños y alienados.
Bien, en la noche, cansados, preparamos tornillos con lo que quedó de la gallina y champiñones. Y dormimos en espera de la nueva semana laboral.
El martes llovió todo el día. Ellas se dedicaron a "adelantar cuaderno" y a acumular amores, solas en el apartamento. El miércoles, a las siete de la mañana las dejamos en el aeropuerto Eldorado. Una de vuelta a Newark, y la otra camino a Matecaña.
Fue nuestro primer fin de semana lesbiánico. Reconozco que a pesar de los perros, la pasamos bien. Muy queridos, muy de la casa, muy atentos, linda la fiesta, regia tu mamá, las matas de un verdor espectacular, en fin...
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El cambio en el tamaño de la letra, corresponde a mi nueva ancianidad, que ya me dificulta leer el menor tamaño. Mil disculpas por eso.
Estoy esperando a mi Bebito, a ver si pasamos rico el poco tiempo que ahora compartimos por efectos de la cruel separación.
Adoro a mi Bebé. Amo a mi Bebé. Mi Bebé me quiere mucho.