Pocos minutos antes de las once de la noche,
observando desde la esquina de la 59 con 44 cómo La Cumbiamba de La 40
cerraba el desfile -con un ánimo indoblegable para mantener aún la
organización y la alegría de su coreografía-, comencé a comprender la
esencia de esta fiesta tan barranquillera, posible sólo en el
incomparable espíritu de esta magna raza.
Con
el corazón arrugado, Amor, por mi obligada distancia, no sin alguna
reserva por la obligada compañía de mi hermana y su esposo (no por
inconveniente, sino por erigirse en mi única posibilidad), faltando un
cuarto para las siete de la noche, nos apostábamos con mucha dificultad a
escasos metros de la vía que sirvió de pasarela, diez cuadras al norte,
para La Guacherna del bicentenario. Ya la fiesta era muy pegajosa, la
espuma y la maizena surcaban el inmediato horizonte y el vigor de la
gente, gente bella como nunca la había visto en estas calles, avivaba
las ganas de iniciar las carnestolendas con sincero furor.
Después de una majestuosa apertura a cargo de impecables jinetes en
magníficos frisones, un prematuro clímax me sedujo al ver cómo el Himno
de la ciudad arrancó notas impecables de la totalidad del público
asistente. El júbilo inmortal palidece de envidia al ver la entereza y
el orgullo con que los barranquilleros interpretan, sin necesidad de
anuncio u orden, su canto ceremonial. Los faroles de luceros que
Estercita Forero convirtió en emblemas, completan el sinigual cuadro de
emociones.
Dadas las características del escenario y del
proscenio, decir que se puede apreciar el desfile es arriesgada
afirmación. Sin embargo no es eso lo que importa. Basta con saber que la
mayor algarabía la provoca la reina -este año caprichosa, no tan bella y
muy poco carismática comparada con las de años anteriores- que es por
mucho la personalidad más destacada para los propios durante todo el
festival carnavalero. Admiración produce, y cómo no reconocerla, si
desde que inicia su mandato hasta muy entrado el avance del año, debe
ser un dechado de simpatía, con una energía que le impide rendirse a
cualquier ritmo bailable, con trajes fabulosos de postura única, en su
gran mayoría sufragados exclusivamente por su peculio.
La
fiesta está afuera, en las calles aledañas. No hace falta el desfile
para que, la mayoría propios, hagan la rumba a su acomodo, con mucha
alegría. Las novias con los novios, los amigos y las amigas con las
amigas y los amigos, las esposas -recientes o veteranas- con sus
maridos, todos dan rienda suelta a la rumba, que se traduce en baile. Un
baile que puede seguir el ritmo sempiterno de millos y tamboras, que en
otras latitudes sonarían espantoso, pero que aquí son capaces de
mantener una fiesta espléndida de poco más de diez días de duración, con
sus principales eventos.
Los viejos picó, desbancados por
espectaculares equipos de sonido con carro, llenan las bocacalles de
ritmos autóctonos y foráneos, para incitar la sensual danza en que los
sentidos se turban y en que los cuerpos se funden, sin causar escozor
alguno porque es de todos, para todos.
La constante
tranquilidad de Boston se torna en desenfrenado desorden que sus
habitantes viven y gozan como lo aclama el eslogan del Carnaval. Las
prohibiciones y recomendaciones del gobierno municipal se ven
tempranamente quebrantadas por incontables botellas de vidrio, niños de
brazos, mujeres en estado de preñez avanzada, ancianos en silla de
ruedas, espumas malolientes… a la vista de toda la autoridad. Pero eso
no importa, quien lo vive es quien lo goza. Nadie vino a sufrir.
No falta la esquina de hombres hermosos cantando al son de la guitarra,
la calle de mujeres perfectas danzando cual maravillosas diosas… Todo
es abrumador. La felicidad es innegable.
El regreso a casa está
lleno de imágenes festivas, el corazón salta de regocijo sin pensar en
el cansancio de calles y cuadras de recorrido. Y, aún así, me haces
falta, mucha, Amor.
Es mi primera Guacherna, es mi cuarto
Carnaval y no dejo de defenderlo, de venderlo como lo más importante y
serio que se hace en la Ciudad de las Puertas Abiertas. Aprendí, con el
Carnaval, a querer y a respetar a los barranquilleros como a nadie. A
reconocer su capacidad de trabajo y de progreso. A comprender su
espíritu y riqueza.
Eso es La Guacherna, la fiesta de barranquilleros para Barranquilla, la interminable fiesta de la alegría.
sábado, 2 de febrero de 2013
lunes, 1 de diciembre de 2008
Primer domingo de Adviento
Encontrar motivos y justificaciones es relativamente fácil, de hecho se invierte mucho tiempo en eso -innecesariamente, a mi modo de ver- porque debería ser mucho más práctico, por lógico, hacer uso de la honestidad en vez de tratar de envolver con bonitas palabras alguna realidad relevante.
No es la primera vez que confrontan mi comportamiento con mi asistencia a la misa dominical. Bien valdría la pena indagar sobre la necesidad de asistir al servicio religioso, si eso le competiera a la contraparte para descalificar o calificar momentos de actuar.
El Evangelio de ayer, primer domingo de Adviento, fue corto pero muy productivo, por lo menos así lo hizo ver el padre JAIME PALACIO en la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen. Habló, entre otras cosas, del despertar, del estar siempre preparados para la llegada del Señor. Hizo reflexionar sobre lo que es bueno o no para las personas. Específicamente sobre que no todo es bueno para el ser humano, porque no todo es constructivo. Está en el discernimiento seleccionar lo destructivo para hacerlo a un lado.
Ese fue el mensaje más claro de la celebración litúrgica de anoche. Eso me invita, obviamente, a reflexionar: ¿seremos buenos para nosotros?
Amor, te deseo buen día. Que logres terminar las tareas del semestre con toda la satisfacción que mereces.
Javier Rodrigo.
No es la primera vez que confrontan mi comportamiento con mi asistencia a la misa dominical. Bien valdría la pena indagar sobre la necesidad de asistir al servicio religioso, si eso le competiera a la contraparte para descalificar o calificar momentos de actuar.
El Evangelio de ayer, primer domingo de Adviento, fue corto pero muy productivo, por lo menos así lo hizo ver el padre JAIME PALACIO en la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen. Habló, entre otras cosas, del despertar, del estar siempre preparados para la llegada del Señor. Hizo reflexionar sobre lo que es bueno o no para las personas. Específicamente sobre que no todo es bueno para el ser humano, porque no todo es constructivo. Está en el discernimiento seleccionar lo destructivo para hacerlo a un lado.
Ese fue el mensaje más claro de la celebración litúrgica de anoche. Eso me invita, obviamente, a reflexionar: ¿seremos buenos para nosotros?
Amor, te deseo buen día. Que logres terminar las tareas del semestre con toda la satisfacción que mereces.
Javier Rodrigo.
lunes, 10 de noviembre de 2008
Carcomiérndome lentamente
por lo inevitable,
con una lágrima al borde
de la aurícula izquierda,
no me queda -hoy- más que decir
que estoy putamente mamado
de que quieran conquistar a mi novio,
como si el merecimiento me lo
pudieran cuantificar esa
partida de zorros malparidos.
¡Caterva de ladrones ponzoñosos!
martes, 23 de septiembre de 2008
... y perdón, pues!
Para retomar el oficio, de pronto una receta que permita la inspiración. Como ya es sabido, mis padres viven hace un tiempo en la ciudad de Barranquilla. Allí cuentan con el servicio y la compañía de una maravillosa mujer -experta en la cocina- que Papá se empeña en llamar Clarita y que a estas alturas del paseo nadie recuerda su nombre de pila. He tenido la oportunidad de aprender de ella algunas preparaciones, que en cualquier caso requieren de mucho amor y alguna dedicación.
Arroz con coco
Plato muy típico de nuestras dos costas, tan lleno de variantes como hay variotipos en nuestras vertientes marítimas. Para empezar hay que conseguir un caldero de aluminio, de esos que son de fondo y paredes gruesas y que hasta hace poco solo se conseguían en las plazas de mercado y en carritos de mercachifles. Hoy ya los hay "de marca" en los hipermercados. Importante que no sea teflonado, para que el producto sea delicioso. La cantidad de coco y de arroz son tan inciertas como la medida del agua que le agregan en nuestra Costa Caribe a cualquier arroz para cocinarse (agua hasta que se "pare" la cuchara), pero trataré de dar una idea cercana.
Ingredientes:
- Un coco
- Dos tazas de arroz blanco (aunque lo he preparado con parbolizado, también con éxito)
- Agua c. s. p. (en farmacopea es algo así como cantidad suficiente para...)
- Azúcar al gusto
- Sal al gusto
Aquí empiezan el amor y la dedicación: lo primero que se debe hacer es extraer el agua del coco, esperando que sea abundante, que se reserva. Acto seguido se parte la espectacular semilla como mejor le parezca al distinguido lector. En trozos pequeños, junto con la cascarita que lo recubre, se ralla, se muele o se licúa. Para ser prácticos recomiendo esto último, que es más rápido y seguro. No hay en la receta indicación de pedacitos de epidermis digital para enriquecer el plato.
Para licuarlo se usa, además, el agua de coco previamente extraída y reservada. Se procede a la extracción de la leche de coco, que es el producto de la licuadura de la pulpa del coco con el agua, y con más agua que siempre hace falta. El afrecho se puede licuar y colar tantas veces como haga falta para obtener cantidad de leche de coco de suficiente y buena calidad para la preparación.
Yo particularmente guardo la última leche que extraigo para que sirva como "agua" para la preparación final del arroz (cuatro tazas en este caso).
El afrecho -casi insípido y ya muy escurrido- se desecha. La leche obtenida, que pueden ser algo así como dos o tres tazas -aparte de la que he reservado para la preparación final del arroz- se pone a hervir en el caldero, revolviendo de vez en cuando. Esta parte del proceso puede demorar poco más de una hora, hasta ver que en el fondo del caldero empiezan a formarse unos grumos y que -de forma casi mágica- desaparece el agua, para quedar únicamente el aceite del coco con el respectivo titoté, que es el chicharroncito de coco que se va oscureciendo y concentrando con un olor penetrante a dulce de coco que es espectacular. Ese titoté se deja dorar u oscurecer al gusto.
Ya tenemos la base del arroz de coco, que es el aceite de coco y el titoté. Allí se vierten las tazas de arroz previamente lavadas y escurridas y la última leche de coco obtenida, la que hemos guardado para que sirva como el "agua" para preparar el arroz. Se le pone el azúcar y la sal al gusto, en mi caso cuatro cucharadas de azúcar por una y media cucharada de sal, y se cocina como cualquier otro arroz: se deja hervir -olla destapada- en fuego alto hasta que se le ven "ojos" profundos, se tapa bajando el fuego al mínimo y se deja cocer hasta obtener el cucayo (la pega) deseado, que es la única indicación de tiempo que conozco adecuada para la preparación del arroz en una olla que no sea tan desperzonalizante, a pesar de extremadamente práctica, como una automática arrocera fabricada en el lejano oriente.
Cabe comentar que no es conveniente, durante la cocción, revolver más de lo estrictamente necesario, el arroz, para que no suelte almidón que pueda hacer que se apelmase. Aunque hay quienes lo prefieren masacotudito, yo particularmente gusto comerlo muy suelto.
Creo haberme hecho entender en lo que corresponde al amor y a la dedicación.
Como les comentaba, variaciones hay muchas, pues hay sitios u ocasiones en donde se le añade más sal que azúcar, o sólo sal, o algúnos pedacitos mínimos de tocino achicharronado, o coca-cola, o uvas pasas para las fiestas, en fin... para gustos la carta de colores, que en nuestra honorable confederación del arco iris mucha agua pasa por debajo del puente.
Esta preparación es la guarnición perfecta para un pescado fresco frito crocante, junto con ensalada fresca y patacón, o para una deliciosa preparación a partir de cerdo, con puré de papa y ensalda verde, o para unas deliciosa pechugas rellenas, mejor dicho... ¡tengo hecha agua la boca!
A ver si me animo y en estos días cocinamos rico (¿habrá quién invite?).
Entre el tintero tengo también la preparación del congrí -que es la versión más cubana del arroz con frijoles-, las masitas de cerdo, los tostones y la yuca con mojo, que completan el espectro de lo más típico de la cocina de la mayor de las Antillas, sin olvidar, claro está, el irreemplazable mojito (el mismo de La Bodeguita del Medio) o el distinguidísimo daiquirí que se consume con tanto éxito en el Restaurante Florida, entrando a la Calle Obispo, en La Habana vieja. Es que hoy me ataca la nostalgia por lo cubano.
No bien dejo de recordar cintas tan descorazonadoras y aterradoramente reales como Azúcar Amarga (Bitter Sugar), hermosa película de León Ichaso (1997), cuando encuentro Balseros -actualmente dentro de la programación del canal cinema+-, de Carlos Bosch y José María Domènech (2002), documental que destroza el espíritu cuando has tenido la oportunidad de convivir esa realidad que es el verdadero drama cubano, el del exilio, el del abandono incierto del ser querido que -con oportunidad de salir- nunca se sabe cuándo o cómo regresará, si es que tiene la suerte de regresar. Desde aquí mi recuerdo para Albertico, Damián, Karelia, Irán Rafael, espíritus libertarios que tuve la suerte de vivir antes de su partida, no sin dejar de mencionar a todos aquellos que no han contado con la fortuna -para alegría de los propios- de salir corriendo al alcance de panoramas incomprendidos por quienes aún tenemos la suerte de un mundo libre (¿?). Sí, muy a pesar de Bush, Uribe, Chávez, Correa, Putin, etc., que es de todos la culpa.
He tratado de guardar mucha compostura durante este post, pero lo cierto es que estoy destrozado. No logro conciliar la tranquilidad, el poco sueño no me repara los días rotos, las lágrimas no terminan de secarse (nunca he logrado entender qu
e exista en quien puedan acabarse), el dolor se hace inmenso e inconmesurable, palabra odiosa que hoy alcanza para mí su mayor significado. No sé si sean mayores las heridas del cuerpo o las del alma, pero igual son muy profundas, y me declaro culpable, cómplice -incluso-. Dejé llegar muy lejos las cosas, no fui justo con nadie. Nunca sabré, frente a la irreparable decisión, cuál era el mejor camino. Ni si la decisión logrará su cometido. Física y moralmente me es imposible el retorno, aunque no existan últimas palabras, no existen palabras vanas. Ya te sonará a escuchado. Pero es lo más sano para nosotros, es nuestra única verdad posible. No dejaré de sentirlo en mucho tiempo, no bastarán los gritos de la conciencia ni descansará la locura de mi alma. Mucho perdí, lo asumo, pero te ruego que pienses y logres lo que mi lado fue imposible. Que te alcance la vida para perdonarme y la piedad para que me recuerdes en lo bueno, que lo malo se te olvide.
Poema suelto
Me cansé de tu furia inacabada,
me cansé de tu cuerpo irrepetible,
me cansé de tu verga inmarcesible
y de tu rebeldía incontrolada.
Unos pocos días no bastarán
para sellar el final de nuestra desenfrenada pasión irreprimible,
pero entre tanto dolor debe germinar la calma
para que Dios permita tu florecer
sin que yo amaine tu espíritu irreprendible.
Medellín 2007, Feria de las Flores
No pensé poder desconectarme de esa forma, fue un paseo maravilloso. Llegamos en la mañana un día de semana cualquiera, creo que estuvimos allí más de dos semanas. Inicialmente nos hospedamos en un motel del centro, después un amigo nos brindó posada.
Tratamos de conocer la ciudad en detalle, sus museos, sus recorridos turísticos, las líneas del Metro, el Metrocable, las bibliotecas, los parques, creo que casi todo lo recorrimos. Lo bonito, lo bueno, lo no tan bueno, lo mejor y lo peor. Incluso Tobi visitamos.
Los recorridos por oriente y occidente, ¡gracias amigo!, los pueblos, las iglesias, las plazas, el túnel recién inaugurado, Santa Fe de Antioquia, el puente. Nunca serán suficientes las palabras, ni las imágenes, casi ni los recuerdos. Siempre defenderé a Medellín como la ciudad hermosa, con gente hermosa, con barrios hermosos, con vías hermosas, con vida hermosa, con fiesta hermosa.
En la Feria lloré un par de veces: los desfiles de silleteros, el infantil en el barrio La Floresta y el de silleteros de verdad. Es una de las emociones más grandes que he tenido en la vida. Lloré con lágrimas de verdad. La exposición de Orquídeas, pájaros y flores en el Jardín Botánico es algo indescriptible. Mil veces Medellín en Feria de Flores.
Eso sí, todo hay que decirlo. De la amabilidad paisa de antaño, poco. La ciudad crece y, como todo, se despersonaliza. Es muy triste. No te cojan mal parado en la vía, que te vienen los carros por encima. El gusto por comprar y que te atiendan, que antes te daba pena salir sin comprar de pura atención que te colmaban, desapareció. Culpa de los hipermercados tal vez, no sé. ¿La violencia acaso tal vez?
Fuimos y regresamos, felices, aún sonrientes, pletóricos y suficientes de nosotros.
Mil veces Medellín.
Creo que por hoy no hay más.
Como la idea es ponerme al día, falta mucho por escribir, sin embargo creo que la nada despreciable extensión del presente, es una falta de respeto.
Perdón, pues!
martes, 9 de septiembre de 2008
¿de regreso?
Reitero un post de hace mucho tiempo: la nueva literatura es lo que se encuentra escrito en los blogs. No merece la pena buscar en otras partes, a menos que se tenga la inquietud de "recalcitrar" en lo ya trillado, que -hay conmigo- algunos que aún lo hacemos.
Si mi Nené me da permiso, empiezo a publicar de nuevo.
Con profunda extrañeza y gran dolor encontré que de los 142 blogs que tengo indexados en mi explorador, casi la mitad están fuera de servicio. Ahora lo pienso detenidamente, y sucede como con los libros, se escriben, se terminan y ya. Pero el caso es que muchos desaparecieron por completo de la red. No hay cómo releerlos. ¿Memoria refundida?
Beso.
Si mi Nené me da permiso, empiezo a publicar de nuevo.
Con profunda extrañeza y gran dolor encontré que de los 142 blogs que tengo indexados en mi explorador, casi la mitad están fuera de servicio. Ahora lo pienso detenidamente, y sucede como con los libros, se escriben, se terminan y ya. Pero el caso es que muchos desaparecieron por completo de la red. No hay cómo releerlos. ¿Memoria refundida?
Beso.
miércoles, 18 de julio de 2007
El orgullo gay
La cita fue el viernes veintinueve del mes pasado, a las cinco de la tarde, en el Aeropuerto Eldorado. Ricardo y yo nos encontramos pasadas las cuatro y media, para comprar cada uno un detalle de despedida para Mamá, que se radicó desde esa noche en Barranquilla. En la época de recesión de la construcción, mi Papá fue uno de los damnificados y fue a parar a La Arenosa, en donde ha labrado durante estos últimos años una vida que le permite mantener algún nivel socio-económico interesante, con la obligada separación que eso significó -nada nuevo-, pero que al parecer está dando frutos suficientes para una honrosa supervivencia en la vejez ya próxima.
Hubo lágrimas, yo especialmente me sentí afectado porque mi relación filial se había venido deteriorando desde la pelea con mi hermana el año pasado.
En la noche, pasadas las nueve, recibí la obligada llamada de mi Mamá reportando su llegada. Muy parca, más seria que lo acostumbrado. Entre ella y yo poca falta han hecho las palabras, de eso pueden dar fe los pocos que conocen nuestra dinámica familiar, porque el solo tono de voz ya nos permite saber cómo está el uno y el otro, una especia de comunicación subliminal.
Esa noche salí con Eduardo. Amanecimos juntos con despertador muy temprano porque se disponía a su viaje de vacaciones a Orlando, con escala en Ciudad de Panamá, su cuna. Allí lo esperaban sus padres y su hermano. A pocos minutos de despertar, me sorprendió una llamada de mi Mamá. Con franca preocupación me comentó que veía a Papá muy enfermo, y que no tenía idea de lo que pudiera ser, que si había forma de que yo viajara en el término de la distancia porque lo veía realmente grave. Primer signo de alarma inquietante, dada la tirantez de nuestras últimas conversaciones.
Él pasó al teléfono, ¡horror, se está muriendo!, patognomónico signo de alarma de la gravedad de la situación. Pocas veces, casi ninguna, él me pide opinión con respecto a su salud, menos en medio de la álgida situación familiar. Me asusté, sin embargo con la mayor calma traté de establecer la causa de su sintomatología. Solo al final de la conversación, un detalle referente a la frecuencia y característica de su función vesical reciente, me hizo sospechar el diagnóstico; le pedí que pasara a Mamá nuevamente al teléfono y le dije, casi le ordené, que fueran de inmediato a un servicio de urgencias, rogando porque él no perdiera el ya mermado estado de conciencia antes de recibir algún tipo de atención profesional.
Hubo lágrimas, yo especialmente me sentí afectado porque mi relación filial se había venido deteriorando desde la pelea con mi hermana el año pasado.
En la noche, pasadas las nueve, recibí la obligada llamada de mi Mamá reportando su llegada. Muy parca, más seria que lo acostumbrado. Entre ella y yo poca falta han hecho las palabras, de eso pueden dar fe los pocos que conocen nuestra dinámica familiar, porque el solo tono de voz ya nos permite saber cómo está el uno y el otro, una especia de comunicación subliminal.
Esa noche salí con Eduardo. Amanecimos juntos con despertador muy temprano porque se disponía a su viaje de vacaciones a Orlando, con escala en Ciudad de Panamá, su cuna. Allí lo esperaban sus padres y su hermano. A pocos minutos de despertar, me sorprendió una llamada de mi Mamá. Con franca preocupación me comentó que veía a Papá muy enfermo, y que no tenía idea de lo que pudiera ser, que si había forma de que yo viajara en el término de la distancia porque lo veía realmente grave. Primer signo de alarma inquietante, dada la tirantez de nuestras últimas conversaciones.
Él pasó al teléfono, ¡horror, se está muriendo!, patognomónico signo de alarma de la gravedad de la situación. Pocas veces, casi ninguna, él me pide opinión con respecto a su salud, menos en medio de la álgida situación familiar. Me asusté, sin embargo con la mayor calma traté de establecer la causa de su sintomatología. Solo al final de la conversación, un detalle referente a la frecuencia y característica de su función vesical reciente, me hizo sospechar el diagnóstico; le pedí que pasara a Mamá nuevamente al teléfono y le dije, casi le ordené, que fueran de inmediato a un servicio de urgencias, rogando porque él no perdiera el ya mermado estado de conciencia antes de recibir algún tipo de atención profesional.
Me arreglé, Ricardo me acompañó al aeropuerto -a pesar del empute de mi Nené lindo- y logré el vuelo a Barranquilla de forma tal que a las once y media de la mañana estaba ya en la puerta del servicio de urgencias de la institución en donde estaba recibiendo sus primeros cuidados.
Quedé lelo cuando lo ví, después de saludar a Mamá más cariñosamente que de costumbre. Tenía unas ojeras literalmente mortales. Sentí un escalofrío que me hizo pensar en segundos en todo lo que implicaría un desenlace fatal en aquellas circunstancias.
Para su traslado mi Mamá vendió el apartamento, envió el trasteo, cerró toda su vida en la capital, con la ilusión de compartir de nuevo el lecho marital con el único hombre que ha malmerecido su amor incondicional. No era justo que ahora, que por iniciativa propia él la invitaba a la convivencia, fuera a hacer falta de forma definitiva.
Como pudo se levantó al baño para tomar una muestra de orina, y lo vi tan desvalido como jamás en la vida. Ese ser supremo que siempre se empeñó en ser, se estaba desmoronando a pedazos. Envejecido en un par de meses como no en toda su vida, lo percibí desfallecido a las puertas de una muy dura prueba de existencia. Estaba abandonado, como nunca, a su suerte en manos ajenas.
Nos hospitalizamos seis días con sus noches, padeciendo la impericia y, por qué no, la negligencia en la atención de salud que estábamos recibiendo. Primero de muy buena forma, al final ya casi a las patadas, logramos una leve recuperación para salir corriendo a ver qué lográbamos hacer de forma particular desde la casa, con controles de laboratorio que fueran confiables y solicitando la orientación de algún profesional realmente comprometido con su labor.
Fueron días muy largos, noches eternas en las que hablamos de lo divino y de lo humano, evadiendo -quede claro- cualquier mención en torno a mi vida personal. Fuimos en extremo cordiales, procuramos no tocar temas prohibidos, logramos respirar suavecito para no molestarnos, nos embebimos en silencios antiquísimos. La hora de la llegada de mi Mamá en las mañanas se convirtió en el mutuo anhelo diario para desvanecer el pesado aire que casi se podía cortar con una navaja.
En la última madrugada hospitalaria, cuando intervine para extraer la muestra de sangre que el bacteriólogo no pudo obtener, hallé sentido a mi presencia. Al día siguiente, cuando el especialista endocrinólogo -doctor Ernesto Paulo Rebolledo Santoro (merece especial mención de reconocimiento y agradecimiento)- se negó a cobrar su impecable consulta por tratarse del padre de un colega, me sentí obsequiado por la vida. Esa misma tarde, cuando una breve nota del médico sirvió para obtener el más meticuloso de los servicios y un importante descuento en el laboratorio clínico -Laboratorio Continental (la mejor infraestructura de su tipo en todo el país)-, me sentí orgulloso de mi muy pordebajeada profesión.
Y de mí, por haber tenido la disposición de marica para asumir el cuidado de mi padre, sin pensar en nada más que eso, en recuperarlo para mi Mamá y para la vida y para el resto de sus hijos, los de verdad y los prohibidos, y para las novias que le aguanten y para seguirlo queriendo a pesar de las diferencias y de las inconformidades.
El promedio del reporte de las glucometrías de esta semana no sube de 130 mg/dl (valores normales entre 70 y 110 mg/dl), después de haber ingresado a la clínica en estado de cetoacidosis con un valor de 592 mg/dl, cifras consideradas prácticamente normales para un paciente que recién ha sufrido la injuria perniciosa del azúcar de forma tan abrupta.
Si mi Mamá no llega se nos muere el viejo. Las providencias de mi Dios, que parece ahora sí existir para nosotros.
Esa fue mi celebración del orgullo gay. Gracias a la vida y a sus renovadas oportunidades.
Quedé lelo cuando lo ví, después de saludar a Mamá más cariñosamente que de costumbre. Tenía unas ojeras literalmente mortales. Sentí un escalofrío que me hizo pensar en segundos en todo lo que implicaría un desenlace fatal en aquellas circunstancias.
Para su traslado mi Mamá vendió el apartamento, envió el trasteo, cerró toda su vida en la capital, con la ilusión de compartir de nuevo el lecho marital con el único hombre que ha malmerecido su amor incondicional. No era justo que ahora, que por iniciativa propia él la invitaba a la convivencia, fuera a hacer falta de forma definitiva.
Como pudo se levantó al baño para tomar una muestra de orina, y lo vi tan desvalido como jamás en la vida. Ese ser supremo que siempre se empeñó en ser, se estaba desmoronando a pedazos. Envejecido en un par de meses como no en toda su vida, lo percibí desfallecido a las puertas de una muy dura prueba de existencia. Estaba abandonado, como nunca, a su suerte en manos ajenas.
Nos hospitalizamos seis días con sus noches, padeciendo la impericia y, por qué no, la negligencia en la atención de salud que estábamos recibiendo. Primero de muy buena forma, al final ya casi a las patadas, logramos una leve recuperación para salir corriendo a ver qué lográbamos hacer de forma particular desde la casa, con controles de laboratorio que fueran confiables y solicitando la orientación de algún profesional realmente comprometido con su labor.
Fueron días muy largos, noches eternas en las que hablamos de lo divino y de lo humano, evadiendo -quede claro- cualquier mención en torno a mi vida personal. Fuimos en extremo cordiales, procuramos no tocar temas prohibidos, logramos respirar suavecito para no molestarnos, nos embebimos en silencios antiquísimos. La hora de la llegada de mi Mamá en las mañanas se convirtió en el mutuo anhelo diario para desvanecer el pesado aire que casi se podía cortar con una navaja.
En la última madrugada hospitalaria, cuando intervine para extraer la muestra de sangre que el bacteriólogo no pudo obtener, hallé sentido a mi presencia. Al día siguiente, cuando el especialista endocrinólogo -doctor Ernesto Paulo Rebolledo Santoro (merece especial mención de reconocimiento y agradecimiento)- se negó a cobrar su impecable consulta por tratarse del padre de un colega, me sentí obsequiado por la vida. Esa misma tarde, cuando una breve nota del médico sirvió para obtener el más meticuloso de los servicios y un importante descuento en el laboratorio clínico -Laboratorio Continental (la mejor infraestructura de su tipo en todo el país)-, me sentí orgulloso de mi muy pordebajeada profesión.
Y de mí, por haber tenido la disposición de marica para asumir el cuidado de mi padre, sin pensar en nada más que eso, en recuperarlo para mi Mamá y para la vida y para el resto de sus hijos, los de verdad y los prohibidos, y para las novias que le aguanten y para seguirlo queriendo a pesar de las diferencias y de las inconformidades.
El promedio del reporte de las glucometrías de esta semana no sube de 130 mg/dl (valores normales entre 70 y 110 mg/dl), después de haber ingresado a la clínica en estado de cetoacidosis con un valor de 592 mg/dl, cifras consideradas prácticamente normales para un paciente que recién ha sufrido la injuria perniciosa del azúcar de forma tan abrupta.
Si mi Mamá no llega se nos muere el viejo. Las providencias de mi Dios, que parece ahora sí existir para nosotros.
Esa fue mi celebración del orgullo gay. Gracias a la vida y a sus renovadas oportunidades.
martes, 5 de junio de 2007
HOMENAJE
No acostumbro responder en mi celular llamadas de números desconocidos, sin embargo el 24 de mayo, pasadas las cinco de la tarde, recibí con extrañeza la llamada de Juan Felipe, un viejo amigo que no veía hace casi dos años, con el que nos comunicábamos vía chat para un cordial saludo esporádico.
"Javier, siento mucho ser el portador de malas noticias, pero Germán falleció esta mañana. No conozco detalles y no quieren que alguien se entere, pero me sentí en la obligación de contarte. A mí me acaba de llamar David a contarme."
Estaba acompañado por mi Nené, que recién acababa de llegar a visitarme. Quedé estupefacto, mudo. Casi colgué sin modular palabra. No lo podía creer. Un par de lágrimas afloraron acompañando un profundo sentimiento de dolor manifiesto en el nudo en mi garganta.
Cuando llegué de terminar mi especialización en La Habana, en cuanto me estabilicé económicamente, decidí compartir apartamento con quizás el primer amigo gay que conocí en la Internet.
En el año 96 -habiendo descubierto mi actual preferencia sexual- en cuanto regresé a Bogotá proveniente de la ciudad consentida por la niebla, me apabulló la comunicación por Internet, cuya principal utilidad consistió en acercarme al entonces subrepticio mundo del homosexualismo, que seguramente no me hubiese atrevido a conocer por algún otro medio. Mi primera cita incumplida a un sitio público gay fue a Blues, un bar que en ese entonces empezaba a posicionarse en la rumba de ambiente de la capital. Me decidí tarde a concretar el encuentro con Andrés, a quien tiempo después conocí y reconocí en otros círculos permitiéndome mitigar el arrepentimiento de ese primer encuentro fallido.
Con Ariel, mi "room mate", tuvimos una larga y bonita amistad, que nos permitió conocernos a fondo sin necesidad de encuentros sexuales de ninguna naturaleza. Su afición sexual era casi contraria a la mía. Su atención se centraba en personajes absolutamente activos, seducidos en una esquina, en un parqueadero o a la entrada de un batallón escondido. Nuestro principal punto de encuentro fue su soledad sin límites. Logramos casi dos años de armoniosa -pero nunca fácil- convivencia.
Siempre he admirado la capacidad de este hombre para la fina, y también adusta, coquetería, que le permitía levantar polvo donde menos uno pudiera imaginar. Salíamos de rumba casi permanentemente, visitando cuanto lugar había; los sitios más sórdidos eran los preferidos. Gracias a esto llegué a conocer los streeper más cotizados de la ciudad, los espectáculos más osados, metederos inimaginables, rumba de todos los colores y sabores. Gracias Ariel.
La adquisición más importante de aquel tiempo feliz fue Germán Camilo, propietario de Blues, ese primer bar de citas incumplidas que conocí recién empecé en "el cuento". Vivíamos a pocas cuadras del lugar, lo que nos permitía ir y venir sin dificultad. Era una rutina agradable, especialmente los jueves -que era el día en que Germán estaba dentro de la barra-, él tomando su cuba libre, yo tomando ron blanco o añejo sin adornos, él coquetando de manera abierta y atrevida con ese hombre, hombrazo delicioso que era capaz de suscitar los más perversos deseos en las mentes más tranquilas. Tomaba, por convencimiento, aguardiente de la más alta calidad.
Germán se limitaba a responder cortésmente, sonriendo más por simpatía que por encanto. En ese entonces tenía ya una relación de dos años muy bien consolidada con Johnny, a quien adoraba con amor infinito, a pesar de la postura de sus amigos inmortales.
Llegado el momento de la celebración de un aniversario del lugar, nos invitó a un evento especial, a lo que respondimos con un hermoso ramo de flores de felicitación y agradecimiento. Ese detalle dio inicio real a nuestra amistad. Ariel desapareció de escena -por motivos ajenos a nuestra razón- y entre nosotros se cultivó una cercanía llena de momentos compartidos, de recuerdos de una infancia con las cosas comunes de la coetaniedad. Nos volvimos, mi Bebé y yo, mobiliario del sitio, asisitiendo de jueves a sábado sin falta, especialmete en los momentos económicamente más críticos cuando -por decisión no solícita- Germán Camilo permitió nuestro ingreso sin erogación alguna, sin más razones que su amistad incondicional.
Para mí esa amistad representó mucho más de lo que se puede expresar con palabras. Fue con él con quien me dí la licencia de conocer el único fármaco ilegal que he probado en la vida, fue con él con quien me permití embriagarme con la seguridad de no ser jamás calificado, fue con él con quien compartí cuatro años seguidos la Navidad que no quise pasar en familia. Fue mi hermano escogido. Casi mi amigo del alma.
Un buen día me alejé, sin malas intenciones, solo con la idea de dejarlo descansar.
Algún día recibí una llamada mal intencionada, hablándome de una penosa enfermedad que lo agobiaba. Muchas noches fuimos con Ricardo a buscarlo, en su escenario natural, sin encontrarlo. La última vez que lo vimos, alcanzamos a presentarle a Eduardo, fue una noche allí en el vestíbulo del bar, en donde con mucha frecuencia pasamos nuestras noches de tertulia, y palidecí ante la realidad inverosímil del monstruo que se lo tragaba, no sin oponer la fuerte resistencia que su espíritu de lucha siempre le dictaba.
Tras muchas crisis superadas, recayó sin aviso.
El jueves 24 falleció al finalizar la tarde.
"Javier, siento mucho ser el portador de malas noticias, pero Germán falleció esta mañana. No conozco detalles y no quieren que alguien se entere, pero me sentí en la obligación de contarte. A mí me acaba de llamar David a contarme."
Estaba acompañado por mi Nené, que recién acababa de llegar a visitarme. Quedé estupefacto, mudo. Casi colgué sin modular palabra. No lo podía creer. Un par de lágrimas afloraron acompañando un profundo sentimiento de dolor manifiesto en el nudo en mi garganta.
Cuando llegué de terminar mi especialización en La Habana, en cuanto me estabilicé económicamente, decidí compartir apartamento con quizás el primer amigo gay que conocí en la Internet.
En el año 96 -habiendo descubierto mi actual preferencia sexual- en cuanto regresé a Bogotá proveniente de la ciudad consentida por la niebla, me apabulló la comunicación por Internet, cuya principal utilidad consistió en acercarme al entonces subrepticio mundo del homosexualismo, que seguramente no me hubiese atrevido a conocer por algún otro medio. Mi primera cita incumplida a un sitio público gay fue a Blues, un bar que en ese entonces empezaba a posicionarse en la rumba de ambiente de la capital. Me decidí tarde a concretar el encuentro con Andrés, a quien tiempo después conocí y reconocí en otros círculos permitiéndome mitigar el arrepentimiento de ese primer encuentro fallido.
Con Ariel, mi "room mate", tuvimos una larga y bonita amistad, que nos permitió conocernos a fondo sin necesidad de encuentros sexuales de ninguna naturaleza. Su afición sexual era casi contraria a la mía. Su atención se centraba en personajes absolutamente activos, seducidos en una esquina, en un parqueadero o a la entrada de un batallón escondido. Nuestro principal punto de encuentro fue su soledad sin límites. Logramos casi dos años de armoniosa -pero nunca fácil- convivencia.
Siempre he admirado la capacidad de este hombre para la fina, y también adusta, coquetería, que le permitía levantar polvo donde menos uno pudiera imaginar. Salíamos de rumba casi permanentemente, visitando cuanto lugar había; los sitios más sórdidos eran los preferidos. Gracias a esto llegué a conocer los streeper más cotizados de la ciudad, los espectáculos más osados, metederos inimaginables, rumba de todos los colores y sabores. Gracias Ariel.
La adquisición más importante de aquel tiempo feliz fue Germán Camilo, propietario de Blues, ese primer bar de citas incumplidas que conocí recién empecé en "el cuento". Vivíamos a pocas cuadras del lugar, lo que nos permitía ir y venir sin dificultad. Era una rutina agradable, especialmente los jueves -que era el día en que Germán estaba dentro de la barra-, él tomando su cuba libre, yo tomando ron blanco o añejo sin adornos, él coquetando de manera abierta y atrevida con ese hombre, hombrazo delicioso que era capaz de suscitar los más perversos deseos en las mentes más tranquilas. Tomaba, por convencimiento, aguardiente de la más alta calidad.
Germán se limitaba a responder cortésmente, sonriendo más por simpatía que por encanto. En ese entonces tenía ya una relación de dos años muy bien consolidada con Johnny, a quien adoraba con amor infinito, a pesar de la postura de sus amigos inmortales.
Llegado el momento de la celebración de un aniversario del lugar, nos invitó a un evento especial, a lo que respondimos con un hermoso ramo de flores de felicitación y agradecimiento. Ese detalle dio inicio real a nuestra amistad. Ariel desapareció de escena -por motivos ajenos a nuestra razón- y entre nosotros se cultivó una cercanía llena de momentos compartidos, de recuerdos de una infancia con las cosas comunes de la coetaniedad. Nos volvimos, mi Bebé y yo, mobiliario del sitio, asisitiendo de jueves a sábado sin falta, especialmete en los momentos económicamente más críticos cuando -por decisión no solícita- Germán Camilo permitió nuestro ingreso sin erogación alguna, sin más razones que su amistad incondicional.
Para mí esa amistad representó mucho más de lo que se puede expresar con palabras. Fue con él con quien me dí la licencia de conocer el único fármaco ilegal que he probado en la vida, fue con él con quien me permití embriagarme con la seguridad de no ser jamás calificado, fue con él con quien compartí cuatro años seguidos la Navidad que no quise pasar en familia. Fue mi hermano escogido. Casi mi amigo del alma.
Un buen día me alejé, sin malas intenciones, solo con la idea de dejarlo descansar.
Algún día recibí una llamada mal intencionada, hablándome de una penosa enfermedad que lo agobiaba. Muchas noches fuimos con Ricardo a buscarlo, en su escenario natural, sin encontrarlo. La última vez que lo vimos, alcanzamos a presentarle a Eduardo, fue una noche allí en el vestíbulo del bar, en donde con mucha frecuencia pasamos nuestras noches de tertulia, y palidecí ante la realidad inverosímil del monstruo que se lo tragaba, no sin oponer la fuerte resistencia que su espíritu de lucha siempre le dictaba.
Tras muchas crisis superadas, recayó sin aviso.
El jueves 24 falleció al finalizar la tarde.
La noche del sábado 26, por iniciativa del Jocker y de Joey, estuvimos bailando en Fercho´s. Aunque mi ánimo no era el mejor, decidí rendir homenaje de esa manera al amigo que acabábamos de dejar en las puertas del cielo. Me llené de una energía inusitada, como la que él se gozaba en mí. La complicidad de la noche me permitió llorar en silencio en el hombro de mis niños sin que nadie se percatara por ello. Pasé la noche en vela recordando todos y cada uno de nuestros momentos -todos bellos- compartidos. Sirvió de homenaje incluso el enfurecimiento de mi Nené por mi actitud incomprendida, habría sido del encanto del amigo ausente recordando las no menos monumentales pataletas de su joven pareja. Lloré en silencio como hace mucho no lloraba, como se llora a un propio muy querido.
Perdona Eduardo por haberme ausentado, perdonen amigos por haberme escabullido sin despedida, perdonenme contertulios por no haber estado a la altura del lugar esa noche. Perdona Villamizar por no haberte invitado oportunamente para haberle pateado el culo al destino.
Duele putamente con impotencia, duele con el dolor de la ausencia a la que me sometí por no joderlo. Mi respeto para él en su morada. Mi solidaridad con Johnny en su soledad acompañada. Mi cariño a Rúben, César, Maya, Jorge, Giova, Lucho, Charlie, ellos sí que lo supieron acompañar, aún desde la distancia, hasta el final, hasta su última morada.
Dolor de ausencia, dolor de muerte, martirio de soledad.
Germán Camilo, en tu hogar espéranos para continuar la rumba desenfrenada que le hizo más falta a nuestro corazón. Y, por Dios, perdóname.
...
Ahora Ricardo, Bebito, creo que no hacen falta palabras.





Duele putamente con impotencia, duele con el dolor de la ausencia a la que me sometí por no joderlo. Mi respeto para él en su morada. Mi solidaridad con Johnny en su soledad acompañada. Mi cariño a Rúben, César, Maya, Jorge, Giova, Lucho, Charlie, ellos sí que lo supieron acompañar, aún desde la distancia, hasta el final, hasta su última morada.
Dolor de ausencia, dolor de muerte, martirio de soledad.
Germán Camilo, en tu hogar espéranos para continuar la rumba desenfrenada que le hizo más falta a nuestro corazón. Y, por Dios, perdóname.
...
Ahora Ricardo, Bebito, creo que no hacen falta palabras.


jueves, 17 de mayo de 2007
Por poco y no regreso

Estoy tratando de estrenar cara. Es mucho lo que ha sucedido desde la última vez, tendría mucho por escribir. La vida casi que nos ha dado un vuelco, que poco a poco iré comentando. He editado varias entradas, he eliminado otras que no consideré de mucho interés. Le debo una gran disculpa a todos los que se sintieron excluidos, pero la verdad no encontré otra forma de "salir de la blogósfera" sin que fuera limitando la entrada a TODOS. Es decir, no se trataba de si eran amigos o no, ni mi Bebé, ni mi Nené, ni los habituales. NADIE tuvo acceso hasta hoy.
Eso, como era de esperarse, ocasionó que una gran cantidad de bloggers me sacaran de sus enlaces. Más de uno en la calle me miró con rencor. En el MSN inadmitieron mi nombre en tropel. Quedé solito. Mi Bebé aún se pregunta por qué diablos llevamos más de cinco años durmiendo juntos y no lo considero tan amigo como para permitirle el ingreso a mi blog. Y el nuevo novio no me perdona el agravio de habernos conocido y haberlo excluido sin explicación.
Eso, como era de esperarse, ocasionó que una gran cantidad de bloggers me sacaran de sus enlaces. Más de uno en la calle me miró con rencor. En el MSN inadmitieron mi nombre en tropel. Quedé solito. Mi Bebé aún se pregunta por qué diablos llevamos más de cinco años durmiendo juntos y no lo considero tan amigo como para permitirle el ingreso a mi blog. Y el nuevo novio no me perdona el agravio de habernos conocido y haberlo excluido sin explicación.
¡Horror!
Imploro perdón. Sigo peleando con la subida de las imágenes, la plantilla no acaba de gustarme, no sé si quiero o no comentarios ya que pretendo escribir, mejor dicho, seguir escribiendo para mí sin lugar a la crítica, je je je jé.
Desde la últma vez he rumbeado poco, mis vicios húmedos se han limitado a la trieja. Sigo sin hablar con mi hermana y cada vez más distanciado de la relación familiar. Mi Mamá casi no se atreve a decirme que no le agrada que haya un tercero rondando en mi relación. El trabajo no ha cambiado mucho, la verdad; las cirugías de siempre sin que merezca aún un pleito médico-legal por un resultado desasatroso. Los negocios se van puliendo y los líos de sociedades sin mucho nuevo qué decir. Ojalá resulte algo serio de verdad y pronto, porque esta inercia me está matando y me mantiene con el genio alborotado. Los que "pagan el pato" son mi Bebé y mi Nené. De rodillas les seguiré pidiendo perdón por eso.
Bueno, este es solo un post de prueba, para seguir escribiendo después.
A mis niños, que los AMO.
lunes, 15 de enero de 2007
Wayoo

En la madrugada del 24 de diciembre estuvimos en Splash -la discoteca de moda en la hermosa capital de Antioquia-, después de haber pasado un rato por Feathers, el tradicional sitio de rumba al que exactamente un año antes habíamos llegado directamente desde el aeropuerto, ubicado entonces a pocos pasos del parque principal de Itagüí. Allí -en el 2005- desfiló, fabulosa, Tatiana de los Ríos, en medio de una algarabía propia de maricas que le daba sentido pleno al nombre del lugar. El sitio era empalagoso, por eso mismo delicioso. Ese día la entrada fue apretadísima y tuvimos la suerte, cuándo no, de haber sido los últimos admitidos de una tanda que sería la última en entrar antes de dar la media noche. El lugar estaba abarrotado, al ritmo del primero, debíamos movernos todos. Era maravilloso. No cuenta la nueva sede, infortunadamente, con la misma magia aunque pretende mayor esplendor. En pocas palabras: perdió el encanto.
Fue precisamenrte esa noche, la madrugada del 24 de diciembre de 2005, la última vez que vi a Milo Gasa. Hacía algunos pocos años que no lo veía, sin embargo no podía olvidar a ese niño que tiempo atrás, ocho años cumplidos este mes de enero, había conocido en un paseo "comunitario" que a modo de encuentro había organizado el líder de un grupo de amigos que entonces chateábamos por la red usando el -nunca suficientemente bien ponderado- recurso del IRC.
El nivel de alcoholemia, para ninguno de los dos, seguramente no era el más adecuado, pero nos fundimos en un grato abrazo que bien podía demostrar el aprecio y el cariño que -a pesar de la distancia- con mucho respeto, nos hemos profesado. En ese entonces él no era Milo Gasa, yo tampoco JavieRodrigo:. La aparición en escena surgía con los nicknames propios del monitor por medio del que a diario nos acercábamos. Gay Colombia era un salón de conversación en el que charlábamos, jugábamos, cantábamos, recitábamos, incluso peléabamos. De sexo poco, por lo menos en la ventana general casi que ausente. Fue, mientras existió, un canal de amigos -invisibles, tácitos, ajenos-, pero amigos.
Fueron varios los encuentros que se organizaron, Cali, Medellín, Bogotá, Pereira... Para mí el que se realizó en éste último lugar, que no fue el último encuentro -ni más faltaba-, y que no fue en Pereira sino en Cartago, fue el más entrañable de todos. Casi sesenta locas logramos convivir sin matarnos, bueno, casi, durante tres espectaculares días, el primer puente festivo de ese año. A la llegada, la única identificación era el nickname con el que cada uno se nombraba frente al monitor. Eso era motivo suficiente para el gran recibimiento que entre besos y abrazos selló amistades de años entre absolutos desconocidos. Wayoo era yo, sigo siendo. Antenoche en Lottus aún me reencontré con personajes de la época a quienes nunca les ha hecho falta saber más de mí que dicho nombre. El abrazo de siempre. Delicioso reencuentro. Delicioso como el de hace poco más de un año con Milo.
Era entonces uno de los más jovencitos del paseo. Llamaba la atención su buena e incondicional disposición para todo. Su mirada determinante a pesar de la juventud, su cabello claro brillante. Fue algo así como el consentido (¿deseado?) de los veteranos del grupo. Después de dicho encuentro nos vimos un par de veces más, ocasionalmente cruzamos mensajes por e-mail, lejanamente estuvimos comunicados o referenciados por terceros.
Cuando en la madrugada de este último 24 nos vimos en Splash, ambos con menor grado alcohólico que el año anterior, tuve la certeza de un abrazo más profundo, sin saber por qué. Pero presentí la develación de una identidad extraviada en mi recóndito y envejecido cerebro. Mi alegría fue suprema cuando se mencionó como Milo Gasa, el abrazo se apretó más que de costumbre. Lo suponía, incluso lo había comentado con mi Bebé en su momento. Aún no dejo de lado el asombro, porque el que yo conocía lo suponía fatuo y superficial, no por eso menos entrañable. Leo y releo su blog y me impresiona, me arroya con sabiduría y capacidad de análisis.
Esa misma madrugada pregunté por su abuela. Me dijo que había pasado el día en el hospital, que solo quedaba esperar un desenlace que ya en sus ojos lo entendí comprendido como fatal.
Cuando leí tu último post, Milo, sentí la hermosa revelación de la verdad sobre la muerte de un ser querido. Desde mi escaso entendimiento te acompaño y te admiro. Te admiré, te admiramos, cuando con mi Bebé el 26 de diciembre buscamos la esquina de Palacé con Colombia y nos tomamos fotos, allí en la 50 con 50. Buscamos reconocer el sentido del medellínense que te proclamas orgulloso. Disfrutamos como nunca de tu maravillosa cuna.
Sea esta, Milo, la más sentida y sincera expresión de un sentido pésame, con la seguridad de un mejor porvenir para ella. Por tu entereza, por tu amor inmenso, mi más profundo respeto,
Wayoo.
Fue precisamenrte esa noche, la madrugada del 24 de diciembre de 2005, la última vez que vi a Milo Gasa. Hacía algunos pocos años que no lo veía, sin embargo no podía olvidar a ese niño que tiempo atrás, ocho años cumplidos este mes de enero, había conocido en un paseo "comunitario" que a modo de encuentro había organizado el líder de un grupo de amigos que entonces chateábamos por la red usando el -nunca suficientemente bien ponderado- recurso del IRC.
El nivel de alcoholemia, para ninguno de los dos, seguramente no era el más adecuado, pero nos fundimos en un grato abrazo que bien podía demostrar el aprecio y el cariño que -a pesar de la distancia- con mucho respeto, nos hemos profesado. En ese entonces él no era Milo Gasa, yo tampoco JavieRodrigo:. La aparición en escena surgía con los nicknames propios del monitor por medio del que a diario nos acercábamos. Gay Colombia era un salón de conversación en el que charlábamos, jugábamos, cantábamos, recitábamos, incluso peléabamos. De sexo poco, por lo menos en la ventana general casi que ausente. Fue, mientras existió, un canal de amigos -invisibles, tácitos, ajenos-, pero amigos.
Fueron varios los encuentros que se organizaron, Cali, Medellín, Bogotá, Pereira... Para mí el que se realizó en éste último lugar, que no fue el último encuentro -ni más faltaba-, y que no fue en Pereira sino en Cartago, fue el más entrañable de todos. Casi sesenta locas logramos convivir sin matarnos, bueno, casi, durante tres espectaculares días, el primer puente festivo de ese año. A la llegada, la única identificación era el nickname con el que cada uno se nombraba frente al monitor. Eso era motivo suficiente para el gran recibimiento que entre besos y abrazos selló amistades de años entre absolutos desconocidos. Wayoo era yo, sigo siendo. Antenoche en Lottus aún me reencontré con personajes de la época a quienes nunca les ha hecho falta saber más de mí que dicho nombre. El abrazo de siempre. Delicioso reencuentro. Delicioso como el de hace poco más de un año con Milo.
Era entonces uno de los más jovencitos del paseo. Llamaba la atención su buena e incondicional disposición para todo. Su mirada determinante a pesar de la juventud, su cabello claro brillante. Fue algo así como el consentido (¿deseado?) de los veteranos del grupo. Después de dicho encuentro nos vimos un par de veces más, ocasionalmente cruzamos mensajes por e-mail, lejanamente estuvimos comunicados o referenciados por terceros.
Cuando en la madrugada de este último 24 nos vimos en Splash, ambos con menor grado alcohólico que el año anterior, tuve la certeza de un abrazo más profundo, sin saber por qué. Pero presentí la develación de una identidad extraviada en mi recóndito y envejecido cerebro. Mi alegría fue suprema cuando se mencionó como Milo Gasa, el abrazo se apretó más que de costumbre. Lo suponía, incluso lo había comentado con mi Bebé en su momento. Aún no dejo de lado el asombro, porque el que yo conocía lo suponía fatuo y superficial, no por eso menos entrañable. Leo y releo su blog y me impresiona, me arroya con sabiduría y capacidad de análisis.
Esa misma madrugada pregunté por su abuela. Me dijo que había pasado el día en el hospital, que solo quedaba esperar un desenlace que ya en sus ojos lo entendí comprendido como fatal.
Cuando leí tu último post, Milo, sentí la hermosa revelación de la verdad sobre la muerte de un ser querido. Desde mi escaso entendimiento te acompaño y te admiro. Te admiré, te admiramos, cuando con mi Bebé el 26 de diciembre buscamos la esquina de Palacé con Colombia y nos tomamos fotos, allí en la 50 con 50. Buscamos reconocer el sentido del medellínense que te proclamas orgulloso. Disfrutamos como nunca de tu maravillosa cuna.
Sea esta, Milo, la más sentida y sincera expresión de un sentido pésame, con la seguridad de un mejor porvenir para ella. Por tu entereza, por tu amor inmenso, mi más profundo respeto,
Wayoo.
lunes, 18 de diciembre de 2006
De todo un mucho...
Creo que dadas las circunstancias de la fecha, las vacaciones blogeriles propuestas, los caldeados ánimos y la multiplicidad de problemas que extrañamente se han acumulado para esta época, este será el último post del año. Por ahora no tengo muchas ganas de más tampoco. Aprovecharé, por ende, a escribir tan largo como pueda para no dejar tema entre el tintero.
Primero el viaje Bogotá - Pereira
Con Ricardo es la primera vez que hacemos uso del transporte público intermunicipal para viajar fuera de Bogotá. Yo había considerado prudente conseguir los pasajes con suficiente anticipación. El viaje lo programamos para el jueves siete, en la noche de las velitas, pero el miércoles anterior en la noche ya en Bolivariano no había tiquetes. A mí se me ocurrió, ¡absurdo yo!, comprar los pasajes en Velotax, que fue el transporte intermunicipal de cabecera en mi más tierna infancia, cuando viajaba con frecuencia semestral entre Bogotá y el eje cafetero, normalmente por la vía de Manizales. Diez y treinta de la noche sería nuestra hora de salida, transporte expreso Bogotá - Pereira. El día del paseo estuvimos a las nueve y media en el Terminal de Transportes.
Nuestros puestos justamente detrás del conductor, un hombre alto muy alto, casi cuadrado dimensionalmente, acompañado por un hijo alto muy alto, altísimo, y -a cambio de su padre- enjutísimo de figura, de cara casi bonita, con actitud atorrante de adolescente todopoderoso e inmamable, literalmente inmamable. Durmió buena parte del camino encorvado en el piso, justo al lado mío.
Contrario a lo que sucede con los expresos de Bolivariano, no había ningún tipo de aislamiento entre el cubículo del conductor y el resto del bus. Ya cuando abordamos el vehículo, muy cerca de las once de la noche, estridecía una música que haría imposible cualquier descanso a lo largo del viaje. ¡Absurdo yo! Creí que iba a tener oportunidad de escuchar algo bonito durante el camino, aunque se tratara de uno de los ya añejos éxitos de Celedón, pero, ¡absurdo yo!, se trató de un tormentoso recorrido lleno de la música que siempre evito pero que con seguridad mantendría al conductor en sus cinco sentidos.
Mi mayor preocupación consistía en la incomodidad de Ricardo, que nunca ha tolerado la música en las noches, menos aún cuando no es de su gusto. No bien había arrancado el expreso y antes de llegar al primer control, justo a la misma salida del Terminal, él estaba profundamente dormido, como la más tierna versión de la Bella Durmiente del bosque. Le cuidé el sueño todo el camino, dormitando liviano como estaba entrenado para soportar las largas noches de turno en urgencias. Lo acobijaba, le acomodaba la cabecita, le calentaba las manos, le cubría las piernitas, lo consentía aprovechando la complicidad de la noche.
En Ibagué hubo cambio de chofer, sin entrar al Terminal, justo al borde del camino. Antes de cruzar sobre el Combeima, una dama -seguramente embriagada- se mandó contra el bus desde la acera, pero con chofer nuevo "el quite" fue suave y oportuno. Eran pasadas las tres de la madrugada.
A las seis y media de la mañana, después de una cortísima parada en el Terminal de Armenia, hicimos la entrada triunfal en la trasnochadora, querendona y morena ciudad de Pereira. Mi Bebé absolutamente descansado después de una plácida noche de profundo sueño. Yo todo lo aporreado que podría haber quedado después de una aterradora noche de turno de las que ya hace años no me tocan. Había en el ambiente el olor a la humedad de una madrugada lloviznosa.
Pereira - Quimbaya
La noche de las velitas la pasaron, Mary y Fredy, en una finca en Combia, un corregimiento de Pereira que está ubicado sobre la vía que conduce a Marsella. Julianita durmió en casa de una compañerita en el conjunto residencial Ciudad Pereira, que está localizado a la entrada que de Armenia conduce a la "Perla del Otún". En la noche, antes de partir, Ricardo había marcado al celular de su Mamá y de su sobrina para asegurar que tendríamos a dónde llegar. Ante la imposibilidad de confirmar en ese momento, en cuanto bajamos del bus lo primero que hizo fue llamar a Mary que confirmó estar esperándonos en el apartamento. Llegamos y lo primero que recibí fue el apretado abrazo de Fredy, que viene a ser algo así como mi suegrastro. Evidentemente estaba "rascado". Mary, por su parte, no se quedaba atrás en alegría.
Casi inmediatamente salimos a buscar desayuno, Ricardo rebozante de energía, yo anhelando el profundo descanso de dos míseras horas en una cama. Estuvimos en el centro, en la Plaza de Bolívar, tomando lo que cada uno quiso, invitación de mi adorada suegra. Recogimos a Julianita, llegamos, salimos a recoger a Claudia Mary, compras en el Éxito, visita a la tía Sadith, llegamos de nuevo, nos bañamos esta vez separados (je je je, no llega a tanto la confianza familiar), pedimos un almuerzo que se hizo eterno.
Mientras llegaba el pedido de Frisby, curiosamente un vecino le pidió el teléfono prestado a Mary para solicitar almuerzo a domicilio. ¡No lo podía creer! Era Gary Tovar, un auditor médico con el que tuve oportunidad de trabajar en Villavicencio. Aunque yo sabía que él había empezado algún trabajo con la Clínica Risaralda, jamás imaginé que fuera el vecino del apartemento frente al de mi suegris. Hablamos de lo lindo, me comentó de sus planes, de lo bien que le ha ido allí, de la salida de Villavicencio, de las llamadas del HP Jaime García Roa para ofrecerle nuestros puestos y salarios, en fin. Muy curioso el encuentro, muy agradable saber que se le valora a uno profesionalmente aunque eso no produzca los frutos que uno esperaría. Esperaré volverlo a ver pronto, espero la pronta recuperación de su señora que tuvo que ser operada de urgencia en la Fundación Valle del Lily en Cali por una urolitiasis. Espero que tenga junto con su familia una muy feliz Navidad y que el próximo 2007 llegue cargado de prosperidad. Sonó a frase de cajón, pero de verdad lo deseo para él. Pueda ser que no me equivoque.
Nos habían programado convenientemente para ir a ver el alumbrado en Quimbaya, un paseo megafamiliar. El percance, que no podía faltar, consistió en "coger" un hueco cubierto por un charco y reventar la llanta. Terrible, perdí puntos a pesar de estar conduciendo el 626 de la suegra como un príncipe. Pero en medio de la pertinaz llovizna, llegamos, parqueamos y anduvimos todo el pueblo.
A pesar de haber oído bastante de la belleza de esta fiesta, nunca había tenido la oportunidad de verla. La mayoría de sus calles literalmente se tapiza, entre las siete y casi las diez de la noche, de hermosos faroles con los que cada cuadra compite en creatividad y colorido. Es precioso el espectáculo, opacado un poco por el desorden de los transeuntes para hacer el recorrido. Deliciosas ventas callejeras, obleas rebosantes de arequipe y otros dulces, ensaladas de fruta ingeniosísimas y el licor de la región que no falta. La visita a los familiares que, de no ser por la ocasión, seguramente vivirían abandonadamente olvidados. En fin, todo un show de placer no propiamente sexual, a pesar de haber jugado buena parte del recorrido con acariciarle las bolitas a mi Bebito sin que nadie más se percatara.
Para el camino de regreso, igual que el de ida, escogimos la vía por Alcalá, entrando a Pereira por San Joaquín, bastante curva pero sin peajes. En términos generales, y a pesar del percance de la llanta, todo según lo esperado. Llegamos, dejamos a la gente en la casa y Ricardo y yo salimos a dar una vuelta por la ciudad para apreciar el alumbrado navideño, muy lindo por cierto. De regreso me quedé dormido, estaba rendido. Mi Bebé se burló de mí, pues se trocaron los papeles. Recogimos a Julianita, que se había refundido con alguna otra familia del camino, cenamos alguna cosa exquisita y directo a dormir. Me sentía de recoger con cucharita.
Esa noche, en medio de la rendidez cansada, desperté sobresaltado al sentir que Ricardo se abalanzó sobre mí sin saberse despierto todavía. Hizo tanto ruido que tuve temor del despertar sombrío de alguien de la casa. Pero al parecer el sueño profundo rondaba el resto de espacios familiares. Yo estaba muy cansado como para oponerme, además nunca suelo hacerlo. Según términos que usaría el Bizcochito, me dio una maceteada que me dejó como para no poder caminar. Y tuve, gracias a una mamada espectacular, una venida como si tuviera leche acumulada de varios días atrás. Creo que solo en el momento de las múltiples eyaculaciones, fuimos plenamente conscientes del delicioso rato.
Esa mañana, la del sábado, desperté y ya estaba Mary preparando desayuno. Yo con ganas de entrepiernarme otro ratico junto a mi Bebé, pero fue imposible. Ya todo estaba fríamente calculado para hacernos levantar a todos. Por poco, en una de sus entradas a la habitación (olvidé asegurar la cerradura), me pilla sobre Ricardo.
Desayunamos, recibí la visita de una amiga de Mary que deseaba consultar sobre la posibilidad de contornear su cuerpo, frijolada de almuerzo, baño, en la tarde ir de paseo al centro comercial, comer helado, paseo por MegaBus hasta Dosquebradas, mojarnos con la impertinente lluvia decembrina, compra de los ingredientes para el postre que ofrecimos, casa, preparar postre y esconderlo para que mi suegrastro, que es bastante menor que yo, no lo probara antes de tiempo y salida para Termales.
Las Termales de Santa Rosa de Cabal fueron las primeras que conocí en la vida, incluso antes que las de Paipa. El sitio más tradicional para disfrutarlas es el Hotel Termales, ubicado a once kilómetros de la Plaza central del pueblo, que a su vez está localizado muy cerca de Pereira, por la vía que conduce a Manizales. La carretera, extrañamente, estaba poco transitada, y desde el Alto de los Madrazos (Alto de Boquerón, desde donde se divisan simultáneamente las ciudades de Pereira y Manizales) tuvimos una maravillosa visión reveladora de mi pasión por la región cafetera.
Llegamos al hotel, pagamos el ingreso, nos cambiamos y disfrutamos de esas hermosas instalaciones hasta pasada la media noche. A Julianita le encantó el paseo. Claudia Mary estaba que no se cambiaba por nadie. Ricardo y yo disfrutamos de lo lindo observando el abdomen achocolatinado de un par de especímenes preciosos, que bien nos quitaron el aire buena parte de la noche. El contraste entre el agua ardiente y el chorro helado nos reconfortaron. Una de las mayores ventajas de esas aguas es que no tienen el pesado olor del azufre. Su color es levemente rojizo por la presencia de hierro y cobre. Se pasa delicioso. De regreso en Pereira, nuevamente cenamos alguna cosa deliciosa en un sitio que le encanta a mi Bebé y quedamos fundidos en el más relajante de los sueños.
El domingo el desayuno impertinente, mi suegra insistiendo en la conveniencia del calor salvaje para aprovechar la comida, Fredy cada vez más impertinente en acciones y comentarios. Pensé en que a pesar de la reciente pelea con mi hermana y mi Mamá, el paraíso familiar era irrepetible gracias a nuestro silencioso convivir mudo. Gracias dí al cielo sin esperar que me escuchara.
Con la excusa de esperar la visita de una sobrina política de Mary, que quiere operarse el contorno, truncamos buena parte de nuestro día. Aprovechamos un ratico después del baño para tirar deliciosamente, esta vez yo enculándolo a mi Bebé. Se anunció para las once de la mañana, se reportó desde Tuluá a la una de la tarde. A las tres y media pasadas llegó impertérrita y me tuvo casi hasta las cinco ocupado en detalles de su posibilidad quirúrgica. Por poco convulsiono. Así pretendía Mary también que la acompañaramos a un baby shower antes de partir hacie el Terminal para regresar a Bogotá.
Por fin Bogotá
Los dejamos, a ella y a Fredy, en donde Nohra Rodas, muy querida ella. Fuimos al centro comercial Pereira Plaza, comimos alguna cosa consistente, corrimos a recogerlos, nos llevaron sobre el tiempo al Terminal. Por fortuna, pensé yo, habíamos comprado con anticipación los pasajes de regreso, en Bolivariano. Yo había guardado el tiquete como el más preciado de los tesoros. Entramos corriendo, yo me paré con la maleta cerca de la puerta de embarque al Scania que nos traería de regreso a la capital. Sentí, en medio del tumulto, el llamado angustioso de Ricardo desde el aparador de atención de la empresa. Sí, compramos el tiquete con tiempo, pero para una fecha distinta, nuestro bus había salido veinticuatro horas antes con nuestros puestos desocupados. !HORROR! No lo podía creer. Afortunadamente a las nueve de la noche salía una buseta en servicio expreso hasta Bogotá. Puestos separados, no había otra posibilidad. Eso sí, muy en punto de las nueve arrancamos. Antes de pasar por la rotonda en la que queda ubicada La 14, Ricardo estaba roncando. ¡Tan divino mi Bebé dormilón! Este viaje sí un poco más cómodo, sin música, sin arandelas. A las cuatro de la madrugada estábamos tomando el taxi que nos llevaría hasta el apartamento, con el tiempo justo de desempacar maleta, alistar baño y salir corriendo a cumplir la jornada laboral que a cada uno de nosotros nos tocaba.
Balance del paseo: muy aceptable sin haber sido excelente. Pasamos rico: dos objetivos cumplidos, el alumbrado de Quimbaya y las Termales de Santa Rosa de Cabal. Dos pendientes: el parque temático y la trucha en el Valle de Cocora. La mitad no está mal, más teniendo presente que es mucho más de lo que normalmente podemos disponer de nosotros en Pereira.
La presentación en sociedad
Durante la semana no se hizo mucho que merezca ser contado. Cambiamos la representación legal de la empresa con la que estamos peleando, Ricardo dañó el portátil de la oficina regando una aguapanela encima, ires y venires con abogados, la tiradera normal de siempre, en fin, nada de interés supremo. Sin embargo el miércoles llegó una invitación para subir a El Clóset el día viernes, para seis personas y como regalo recibiríamos una botella de licor. Confirmé e invitamos.
Germán, Leonel, Ángela, Ricardo y yo fuimos los depositarios de la invitación. No encontramos (¿o no quisimos buscar?) un sexto. Salimos del apartamento de Germán, en donde previamente habíamos cenado pasta rellena de carne acompañada por un pesto delicioso y albóndigas en salsa de tomate. Mi Bebé, por su parte, tuvo que contentarse con unos emparedados de pollo enlatado, que a la postre salieron más ricos que todo el resto. Encontrar a Leonel fue todo un programa, por poco y llegamos tarde. Se perdió en la estación de Ricaurte y ya podrán imaginar que para darle indicaciones Ricardo hizo alusión desde el plano cartesiano hasta la ubicación de los a esa hora invisibles cerros orientales bogotanos. Para un retoño de médico bumangués, ese tipo de orientaciones no son de mucha utilidad. Somos oligofrénicos por naturaleza, de otro modo no habría cómo explicar que se nos ocurra estudiar la cada vez más vilipendiada y degradada profesión liberal, con la pretensión de curar cosas que comprendemos incurables cuando ya echar para atrás sería más osado que lograr tan siquiera el anhelado cartón licencia para matar. Pobre Leo, pobres nosotros todos los médicos. En fin, a lo que vinimos vamos.
Llegamos a la discoteca, el casting muy flojo, la música inmejorable, encuentro con varios amigos y conocidos, abrazos, bailoteos, poco licor (entre los cinco bebimos menos de media botella), mi Bebé muy contento, Angelita imparable (¿a quien en sus cinco sentidos se le ocurre -el día de su cumpleaños- cambiar una maravillosa fiesta con orquesta y parrando vallenato incluido, por subir a mariquear a La Calera con un amigo y un trío de apenas conocidos?), Leonel a la expectativa de todo lo que pudiera suceder, yo medio mamado pero contento a pesar de haberme cruzado con una de mis más agudas culebras. Bajamos de allí casi a las tres de la mañana. No dejaba de rondarme en la cabeza el anuncio que Ricardo me hizo cuando nos encontramos en donde Germán empezando la noche: "mañana tenemos almuerzo donde mis compañeros de trabajo".
Cuando las cosas le estaban saliendo tan mal a mi Bebé ese viernes fatal de oficina, entre otras cosas por el daño del portátil en el que adelantaba su nuevo proyecto, su compañero de labores no dejaba de atormentarlo con una invitación a almorzar el día siguiente en su apartamento nuevo para estrenar los muebles que recién acababa de comprar. El motivo del tormento era el requerimiento de llegar con la novia, a lo que Ricardo nada respondía. En medio del agobio y del mal genio por lo acontecido les dijo, a Diego Armando su compañero y a Javier Andrés su líder de proyecto, que no lo jodieran más, que él no tenía novia, que de eso nunca había usado porque desde niño tiraba sólo con novios. No se hicieron esperar las indagatorias al respecto, que él con poco ánimo resolvió una a una hasta llegado el momento de la salida, cuando se despidió hasta el próximo lunes, siendo increpado por el presunto anfitrión para que no faltara a la cita ese sábado muy en punto a la una de la tarde, acompañado por su cirujano de cabecera.
Yo no sabía qué decir ni qué pensar. La famosa reunión, en la que cada uno estaría acompañado por su "dama", podría pasar a ser todo un desastre, precisamente por todo el desplante al que nos tienen acostumbrados los heterosexuales, más dentro de ambientes de absoluta masculinidad como son normalmente las oficinas. No yendo muy lejos, la noche del jueves, cuando se disponían a ir a la fiesta de Navidad y de fin de año que ofrece la empresa, Javier Andrés comento su incomodidad, la de sus congéneres y familiares por tener de nuevo vecinos al Centro LGTB que la Alcaldía Mayor de Bogotá, junto con otras entidades inauguraron esta semana en la localidad de Chapinero. "Porque la mariconería siempre trae detrás a las putas, a la corruptela y a la degradación". ¡Cerrados heteros!
Me arreglé dentro de la informalidad lo mejor que pude, le pregunté sobre la actitud que esperaba asumiera frente a sus amigos, le sugerí que lleváramos vino y postre como un par de buenos maricas, le rogué que llegáramos temprano o que llamáramos para justificar el retraso.
Pasada la una y media de la tarde llegamos al lugar. Fuimos recibidos por Diego Andrés y su amiga con total naturalidad. Muy queridos, muy puestos todos. No llegaron los muebles, no llegó la nevera, mejor dicho, con suerte se pudo preparar la pasta con salsa de carne, que mi Bebé acompañó solo con parmesano. Al rato llegaron Javier Andrés y señora. Muy simpático él, la tenía viva pues había bebido hasta bien entrada la mañana. Enamorado de su mujer, un straight muy extraño en su proceder de pareja. Nos agradó mucho su actitud. Pasamos una buena tarde, hablamos de todo un poco (menos de trabajo), reimos mucho, pasamos bien. Creo haber pasado la prueba aunque mi Bebé no ha hecho comentario alguno. Diego Armando es un llanero muy, pero muy bonito, sueño húmedo de much@s. Javier Andrés es un rolito risueño, buena persona, arrollador si se lo propone, algo homofóbico, no lo puede negar, pero respetuoso de los espacios y las personas. La amiguita de Diego Armando una pereza, desgarbada, sin gracia alguna. La esposa de Javier Andrés muy neutra, una flaca bonita, ni fu ni fa, una fiera en su casa, lo tiene marchandito. Je je jé. Lo mismo dirán de Ricardo, me trae alineadito (¡jamás alienado!).
El vino y el postre cayeron como anillo al dedo. Fueron buena elección.
Ellos se fueron para casa de Javier Andrés a hacer la primera novena, nosotros caminamos hasta casa de Germán a buscar qué hacer de sábado en la noche.
La rumba en el Restrepo
De unos días para acá hemos venido experimentando rumba fuera de nuestros escenarios naturales. Así bien empezamos a visitar lugares en Chapinero, pasamos un par de noches por la Primera de Mayo, esculcamos poco a poco los rincones que encontramos en las guías gay de Bogotá. Pues bien, el sábado nos fuimos para el Restrepo a buscar rumba gay. Quedamos impresionados por la cantidad y variedad de lugares, que acogen todo tipo de música y usuarios. Sin embargo el único lugar "de ambiente" que encontramos fue todo un desastre, con gente espantosa, música malísima. Salimos despavoridos, preguntando a "babor y estribor" por más posibilidades, pues en una guía de Internet aparecían al menos seis lugares, dos de los cuales rezaban "exclusivo para mujeres", y esos fue los únicos que encontramos. A las once de la noche, después de caminar en círculo completando, diría yo, unos cuatro kilómetros, decidimos ir a Chapinero. La rumba allí no nos apasiona, sin embargo estamos en la aventura de conocer y descubrir. Pinky y Cerebro, decía Germán.
En la esquina de la calle 63 con 13, después de parquear el carro frente al bar de Fercho´s, en la 64 con décima, entramos a Plataforma. El primer intento fue para entrar al desaparecido Ra, que le dió paso a otra nueva versión de Metro (una más, nuevo intento de Jairo), con barra libre por diez mil pesos hasta las tres de la mañana. No quisimos pagar el cóver para no tomarnos lo que no nos queríamos tomar. Entrar a Dark era ya muy tarde, la culiandanga estaría a esa hora bastante avanzada y con las primeras deserciones por agotamiento. Probamos entonces en Plataforma y nos gustó. Un tercer piso, espacio muy amplio, música interesante, cóver barato, gente normal; nos tocó una pelea de un anciano con un putico, jejeje, o al menos eso parecía. El muchacho no quería demostrar cariño a su patrón, y éste -muy molesto- mechoneó el escaso y ralo cabello que escondía el jovencito bajo una desteñida gorra. Se levantó el primero, partió despavorido el segundo.
Con mi Bebé bailamos su música loca, con Germán el tropical bailable que tanto nos gusta. Cerca de las dos de la mañana estábamos todos realmente cansados, por la infructuosa caminada del Restrepo, y a dormir tocó.
El domingo de madrugada el primer polvo, me sentí casi deliciosamente violado, en similares circunstancias que la primera noche en Pereira, esta vez con mucho KY de por medio. En la mañana un segundo polvo, antes de bañarnos. En la tarde, justo antes de salir para la novena a la que nos habían invitado Mauricio Enrique y Andrés Bonito, el tercero, delicioso, mucho semen desperdigado. Este tercero tuvo la culpa de que se nos dañara el postre que aportaríamos para la popular reunión. Un delicioso flan, se secó el agua del baño maría, y se echó a perder cuando estaba casi perfecto. Culpa de las hormonas. ¿Solución? espantosas galletas de la panadería de la esquina. Mucha tristeza, mucho dolor de cocina pero nada que hacer.
Este fue un verdadero domingo de descanso, la mayor parte entre la cama, un rico almuerzo con una torta de tornillos que algún día postearé, sexo reposado, algo de TV. Periódico y a descansar temprano.
Mi pipí
Hace cerca de un mes, si mal no estoy, Tilo preguntó acerca del apelativo con que cada quien se refiere al miembro viril que anatómicamente recibe el nombre de pene. Pipí es el mío, y el de mi Bebé, que ya no sabemos cuál es el de quién, si del que lo usa o lo disfruta, en fin...
Lo describo a sabiendas de convertirme en objeto de todo tipo de burlas y comentarios mal intencionados. En su máximo estado de flacidez, por ejemplo en presencia de frío o en medio de un ataque de pudor extremo, es casi invisible, escondido entre los abundantes pendejos de mi región inguinal. En reposo normal, su tamaño creo que no sobrepasa los siete centímetros, muy arrugadito, del mismo color -acaso un tris más oscuro- que el resto de mi piel. En erección suprema jamás ha sobrepasado los catorce centímetros, medido desde su raíz más profunda. En realidad trece, nunca he llegado a más. Y que nadie me diga que ejercitarlo a punta de pajazos lo hace desarrollarse por encima del promedio, que de ser así -con la actividad a la que permaneció sometido desde casi los diez años, ocasionalmente hasta seis veces en veinticuatro horas- sería yo hoy el mejor dotado de los adonis sin par en este valle de lágrimas. El diámetro, por qué no reconocerlo, sí está un poco por encima del promedio. De hecho nadie, hombre o mujer, se ha quejado hasta ahora porque le falte o porque le sobre. Y aunque el tamaño sí importa, creo tener lo suficiente para que sirva para lo que quiero y necesito, sin llegar a ser objeto de algún tipo de admiración extrema.
Pues bien, bastante frecuente es entre nosotros jugar con el pipí. Que cuando nos acostamos, que me lo tocas y te lo toco, que cuando nos bañamos, que te lo lavo, que me lo lavas (¡ayyy!), que cuando coqueteamos íntimamente, que te lo beso, que me lo besas. Que con sexo vulgar, atroz, soez y descarado (exquisito), que me lo mamas y te lo mamo. Incluso hasta tragarnos la leche disfrutamos.
Esta mañana, saliendo de la ducha, mi Bebé jugó a acariciarme el cuerpo. Yo me excité, lo que no es para nada extraño. Entonces jugó a descapullarme el glande, que me da mucha impresión por sentirme desprotegido entre sus dedos (otro detalle, sí, soy incircunciso, y qué, es delicioso). No aguantando yo la manipulación forzosa, dispuso la misma tarea esta vez entre sus húmedos labios. Me hace dar grititos de placer, lo confieso. Se puso en cuatro, arremetí en su culito, que como siempre logró deslechar mi pipí, que siempre tiene ganas con él. Con otro no me funciona. ¡Soy impotente!
A pesar de lo chiquito que lo tengo, me encanta verlo crecer, siempre he sentido eso muy excitante. Colocar la mano sobre una verga dormida y sentirla lograr su tamaño me encandila, me pone a volar. Mi Bebé me encanta, adoro a mi Bebé, espero que no se moleste mi Bebito por revelar estas cosas horribles y espantosas. De hecho espero que este post esté tan mamón de leer que nadie, ni mi Bebé bonito, llegue hasta aquí para mirar estas sandeces.
...
Vacaciones corticas pero sustanciosas. Navidad en Medellín con Marco T. y futuro marido. Llegaremos el 23 para rumbear de lo lindo entre paisas sabrosones. Año Nuevo con la familia de Ricardo en el eje cafetero. Llegar a trabajar la primera semana de enero, para recomenzar con muy buenos ánimos el que ojalá sea un año próspero de verdad. ¿Que de verdad habrá para mí un año próspero en la vida?
...
La pelea con mi hermana paso a ser con mi hermana y con mi Mamá. Con mi hermana no hablo, evitamos cruzarnos. Con mi Mamá no es justo, pero ahí vamos mejorando, que no se me quita el rencor en el corazón. Ojalá las novenas familiares logren algo.
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Que el celular que tenía en uso era de mi hermana, tocó devolverlo, pero mi Bebito me regaló celular nuevo, de Tigo, a quien tenga Tigo que me escriba al privado y hacemos conferencias.
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Que mis mejores deseos porque logren sentir de verdad el espíritu de la Navidad en compañía de todos aquellos que escojan como seres queridos; que los amigos son hermanos que se escogen, que la familia es la que nos toca pero lo único incondicional que en realidad de verdad existe, hay que quererla aunque no nos quieran a nosotros.
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Que me mamé de escribir, que esto está muy largo, que felicidades para todos y que espero nos veamos, literalmente hablando, el próximo año. Un abrazo fraterno y un beso perverso para todos.
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Que gracias por las nominaciones a los nominadores.
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Que el nuevo blogger de El Tiempo me pareció peligroso, radical y no me gusta.
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Que se me siguen ocurriendo cosas.
...
Mi Bebito, que te amo.
Con Ricardo es la primera vez que hacemos uso del transporte público intermunicipal para viajar fuera de Bogotá. Yo había considerado prudente conseguir los pasajes con suficiente anticipación. El viaje lo programamos para el jueves siete, en la noche de las velitas, pero el miércoles anterior en la noche ya en Bolivariano no había tiquetes. A mí se me ocurrió, ¡absurdo yo!, comprar los pasajes en Velotax, que fue el transporte intermunicipal de cabecera en mi más tierna infancia, cuando viajaba con frecuencia semestral entre Bogotá y el eje cafetero, normalmente por la vía de Manizales. Diez y treinta de la noche sería nuestra hora de salida, transporte expreso Bogotá - Pereira. El día del paseo estuvimos a las nueve y media en el Terminal de Transportes.
Nuestros puestos justamente detrás del conductor, un hombre alto muy alto, casi cuadrado dimensionalmente, acompañado por un hijo alto muy alto, altísimo, y -a cambio de su padre- enjutísimo de figura, de cara casi bonita, con actitud atorrante de adolescente todopoderoso e inmamable, literalmente inmamable. Durmió buena parte del camino encorvado en el piso, justo al lado mío.
Contrario a lo que sucede con los expresos de Bolivariano, no había ningún tipo de aislamiento entre el cubículo del conductor y el resto del bus. Ya cuando abordamos el vehículo, muy cerca de las once de la noche, estridecía una música que haría imposible cualquier descanso a lo largo del viaje. ¡Absurdo yo! Creí que iba a tener oportunidad de escuchar algo bonito durante el camino, aunque se tratara de uno de los ya añejos éxitos de Celedón, pero, ¡absurdo yo!, se trató de un tormentoso recorrido lleno de la música que siempre evito pero que con seguridad mantendría al conductor en sus cinco sentidos.
Mi mayor preocupación consistía en la incomodidad de Ricardo, que nunca ha tolerado la música en las noches, menos aún cuando no es de su gusto. No bien había arrancado el expreso y antes de llegar al primer control, justo a la misma salida del Terminal, él estaba profundamente dormido, como la más tierna versión de la Bella Durmiente del bosque. Le cuidé el sueño todo el camino, dormitando liviano como estaba entrenado para soportar las largas noches de turno en urgencias. Lo acobijaba, le acomodaba la cabecita, le calentaba las manos, le cubría las piernitas, lo consentía aprovechando la complicidad de la noche.
En Ibagué hubo cambio de chofer, sin entrar al Terminal, justo al borde del camino. Antes de cruzar sobre el Combeima, una dama -seguramente embriagada- se mandó contra el bus desde la acera, pero con chofer nuevo "el quite" fue suave y oportuno. Eran pasadas las tres de la madrugada.
A las seis y media de la mañana, después de una cortísima parada en el Terminal de Armenia, hicimos la entrada triunfal en la trasnochadora, querendona y morena ciudad de Pereira. Mi Bebé absolutamente descansado después de una plácida noche de profundo sueño. Yo todo lo aporreado que podría haber quedado después de una aterradora noche de turno de las que ya hace años no me tocan. Había en el ambiente el olor a la humedad de una madrugada lloviznosa.
La noche de las velitas la pasaron, Mary y Fredy, en una finca en Combia, un corregimiento de Pereira que está ubicado sobre la vía que conduce a Marsella. Julianita durmió en casa de una compañerita en el conjunto residencial Ciudad Pereira, que está localizado a la entrada que de Armenia conduce a la "Perla del Otún". En la noche, antes de partir, Ricardo había marcado al celular de su Mamá y de su sobrina para asegurar que tendríamos a dónde llegar. Ante la imposibilidad de confirmar en ese momento, en cuanto bajamos del bus lo primero que hizo fue llamar a Mary que confirmó estar esperándonos en el apartamento. Llegamos y lo primero que recibí fue el apretado abrazo de Fredy, que viene a ser algo así como mi suegrastro. Evidentemente estaba "rascado". Mary, por su parte, no se quedaba atrás en alegría.
Casi inmediatamente salimos a buscar desayuno, Ricardo rebozante de energía, yo anhelando el profundo descanso de dos míseras horas en una cama. Estuvimos en el centro, en la Plaza de Bolívar, tomando lo que cada uno quiso, invitación de mi adorada suegra. Recogimos a Julianita, llegamos, salimos a recoger a Claudia Mary, compras en el Éxito, visita a la tía Sadith, llegamos de nuevo, nos bañamos esta vez separados (je je je, no llega a tanto la confianza familiar), pedimos un almuerzo que se hizo eterno.
Mientras llegaba el pedido de Frisby, curiosamente un vecino le pidió el teléfono prestado a Mary para solicitar almuerzo a domicilio. ¡No lo podía creer! Era Gary Tovar, un auditor médico con el que tuve oportunidad de trabajar en Villavicencio. Aunque yo sabía que él había empezado algún trabajo con la Clínica Risaralda, jamás imaginé que fuera el vecino del apartemento frente al de mi suegris. Hablamos de lo lindo, me comentó de sus planes, de lo bien que le ha ido allí, de la salida de Villavicencio, de las llamadas del HP Jaime García Roa para ofrecerle nuestros puestos y salarios, en fin. Muy curioso el encuentro, muy agradable saber que se le valora a uno profesionalmente aunque eso no produzca los frutos que uno esperaría. Esperaré volverlo a ver pronto, espero la pronta recuperación de su señora que tuvo que ser operada de urgencia en la Fundación Valle del Lily en Cali por una urolitiasis. Espero que tenga junto con su familia una muy feliz Navidad y que el próximo 2007 llegue cargado de prosperidad. Sonó a frase de cajón, pero de verdad lo deseo para él. Pueda ser que no me equivoque.
Nos habían programado convenientemente para ir a ver el alumbrado en Quimbaya, un paseo megafamiliar. El percance, que no podía faltar, consistió en "coger" un hueco cubierto por un charco y reventar la llanta. Terrible, perdí puntos a pesar de estar conduciendo el 626 de la suegra como un príncipe. Pero en medio de la pertinaz llovizna, llegamos, parqueamos y anduvimos todo el pueblo.
A pesar de haber oído bastante de la belleza de esta fiesta, nunca había tenido la oportunidad de verla. La mayoría de sus calles literalmente se tapiza, entre las siete y casi las diez de la noche, de hermosos faroles con los que cada cuadra compite en creatividad y colorido. Es precioso el espectáculo, opacado un poco por el desorden de los transeuntes para hacer el recorrido. Deliciosas ventas callejeras, obleas rebosantes de arequipe y otros dulces, ensaladas de fruta ingeniosísimas y el licor de la región que no falta. La visita a los familiares que, de no ser por la ocasión, seguramente vivirían abandonadamente olvidados. En fin, todo un show de placer no propiamente sexual, a pesar de haber jugado buena parte del recorrido con acariciarle las bolitas a mi Bebito sin que nadie más se percatara.
Para el camino de regreso, igual que el de ida, escogimos la vía por Alcalá, entrando a Pereira por San Joaquín, bastante curva pero sin peajes. En términos generales, y a pesar del percance de la llanta, todo según lo esperado. Llegamos, dejamos a la gente en la casa y Ricardo y yo salimos a dar una vuelta por la ciudad para apreciar el alumbrado navideño, muy lindo por cierto. De regreso me quedé dormido, estaba rendido. Mi Bebé se burló de mí, pues se trocaron los papeles. Recogimos a Julianita, que se había refundido con alguna otra familia del camino, cenamos alguna cosa exquisita y directo a dormir. Me sentía de recoger con cucharita.
Esa noche, en medio de la rendidez cansada, desperté sobresaltado al sentir que Ricardo se abalanzó sobre mí sin saberse despierto todavía. Hizo tanto ruido que tuve temor del despertar sombrío de alguien de la casa. Pero al parecer el sueño profundo rondaba el resto de espacios familiares. Yo estaba muy cansado como para oponerme, además nunca suelo hacerlo. Según términos que usaría el Bizcochito, me dio una maceteada que me dejó como para no poder caminar. Y tuve, gracias a una mamada espectacular, una venida como si tuviera leche acumulada de varios días atrás. Creo que solo en el momento de las múltiples eyaculaciones, fuimos plenamente conscientes del delicioso rato.
Esa mañana, la del sábado, desperté y ya estaba Mary preparando desayuno. Yo con ganas de entrepiernarme otro ratico junto a mi Bebé, pero fue imposible. Ya todo estaba fríamente calculado para hacernos levantar a todos. Por poco, en una de sus entradas a la habitación (olvidé asegurar la cerradura), me pilla sobre Ricardo.
Desayunamos, recibí la visita de una amiga de Mary que deseaba consultar sobre la posibilidad de contornear su cuerpo, frijolada de almuerzo, baño, en la tarde ir de paseo al centro comercial, comer helado, paseo por MegaBus hasta Dosquebradas, mojarnos con la impertinente lluvia decembrina, compra de los ingredientes para el postre que ofrecimos, casa, preparar postre y esconderlo para que mi suegrastro, que es bastante menor que yo, no lo probara antes de tiempo y salida para Termales.
Las Termales de Santa Rosa de Cabal fueron las primeras que conocí en la vida, incluso antes que las de Paipa. El sitio más tradicional para disfrutarlas es el Hotel Termales, ubicado a once kilómetros de la Plaza central del pueblo, que a su vez está localizado muy cerca de Pereira, por la vía que conduce a Manizales. La carretera, extrañamente, estaba poco transitada, y desde el Alto de los Madrazos (Alto de Boquerón, desde donde se divisan simultáneamente las ciudades de Pereira y Manizales) tuvimos una maravillosa visión reveladora de mi pasión por la región cafetera.
Llegamos al hotel, pagamos el ingreso, nos cambiamos y disfrutamos de esas hermosas instalaciones hasta pasada la media noche. A Julianita le encantó el paseo. Claudia Mary estaba que no se cambiaba por nadie. Ricardo y yo disfrutamos de lo lindo observando el abdomen achocolatinado de un par de especímenes preciosos, que bien nos quitaron el aire buena parte de la noche. El contraste entre el agua ardiente y el chorro helado nos reconfortaron. Una de las mayores ventajas de esas aguas es que no tienen el pesado olor del azufre. Su color es levemente rojizo por la presencia de hierro y cobre. Se pasa delicioso. De regreso en Pereira, nuevamente cenamos alguna cosa deliciosa en un sitio que le encanta a mi Bebé y quedamos fundidos en el más relajante de los sueños.
El domingo el desayuno impertinente, mi suegra insistiendo en la conveniencia del calor salvaje para aprovechar la comida, Fredy cada vez más impertinente en acciones y comentarios. Pensé en que a pesar de la reciente pelea con mi hermana y mi Mamá, el paraíso familiar era irrepetible gracias a nuestro silencioso convivir mudo. Gracias dí al cielo sin esperar que me escuchara.
Con la excusa de esperar la visita de una sobrina política de Mary, que quiere operarse el contorno, truncamos buena parte de nuestro día. Aprovechamos un ratico después del baño para tirar deliciosamente, esta vez yo enculándolo a mi Bebé. Se anunció para las once de la mañana, se reportó desde Tuluá a la una de la tarde. A las tres y media pasadas llegó impertérrita y me tuvo casi hasta las cinco ocupado en detalles de su posibilidad quirúrgica. Por poco convulsiono. Así pretendía Mary también que la acompañaramos a un baby shower antes de partir hacie el Terminal para regresar a Bogotá.
Los dejamos, a ella y a Fredy, en donde Nohra Rodas, muy querida ella. Fuimos al centro comercial Pereira Plaza, comimos alguna cosa consistente, corrimos a recogerlos, nos llevaron sobre el tiempo al Terminal. Por fortuna, pensé yo, habíamos comprado con anticipación los pasajes de regreso, en Bolivariano. Yo había guardado el tiquete como el más preciado de los tesoros. Entramos corriendo, yo me paré con la maleta cerca de la puerta de embarque al Scania que nos traería de regreso a la capital. Sentí, en medio del tumulto, el llamado angustioso de Ricardo desde el aparador de atención de la empresa. Sí, compramos el tiquete con tiempo, pero para una fecha distinta, nuestro bus había salido veinticuatro horas antes con nuestros puestos desocupados. !HORROR! No lo podía creer. Afortunadamente a las nueve de la noche salía una buseta en servicio expreso hasta Bogotá. Puestos separados, no había otra posibilidad. Eso sí, muy en punto de las nueve arrancamos. Antes de pasar por la rotonda en la que queda ubicada La 14, Ricardo estaba roncando. ¡Tan divino mi Bebé dormilón! Este viaje sí un poco más cómodo, sin música, sin arandelas. A las cuatro de la madrugada estábamos tomando el taxi que nos llevaría hasta el apartamento, con el tiempo justo de desempacar maleta, alistar baño y salir corriendo a cumplir la jornada laboral que a cada uno de nosotros nos tocaba.
Balance del paseo: muy aceptable sin haber sido excelente. Pasamos rico: dos objetivos cumplidos, el alumbrado de Quimbaya y las Termales de Santa Rosa de Cabal. Dos pendientes: el parque temático y la trucha en el Valle de Cocora. La mitad no está mal, más teniendo presente que es mucho más de lo que normalmente podemos disponer de nosotros en Pereira.
Durante la semana no se hizo mucho que merezca ser contado. Cambiamos la representación legal de la empresa con la que estamos peleando, Ricardo dañó el portátil de la oficina regando una aguapanela encima, ires y venires con abogados, la tiradera normal de siempre, en fin, nada de interés supremo. Sin embargo el miércoles llegó una invitación para subir a El Clóset el día viernes, para seis personas y como regalo recibiríamos una botella de licor. Confirmé e invitamos.
Germán, Leonel, Ángela, Ricardo y yo fuimos los depositarios de la invitación. No encontramos (¿o no quisimos buscar?) un sexto. Salimos del apartamento de Germán, en donde previamente habíamos cenado pasta rellena de carne acompañada por un pesto delicioso y albóndigas en salsa de tomate. Mi Bebé, por su parte, tuvo que contentarse con unos emparedados de pollo enlatado, que a la postre salieron más ricos que todo el resto. Encontrar a Leonel fue todo un programa, por poco y llegamos tarde. Se perdió en la estación de Ricaurte y ya podrán imaginar que para darle indicaciones Ricardo hizo alusión desde el plano cartesiano hasta la ubicación de los a esa hora invisibles cerros orientales bogotanos. Para un retoño de médico bumangués, ese tipo de orientaciones no son de mucha utilidad. Somos oligofrénicos por naturaleza, de otro modo no habría cómo explicar que se nos ocurra estudiar la cada vez más vilipendiada y degradada profesión liberal, con la pretensión de curar cosas que comprendemos incurables cuando ya echar para atrás sería más osado que lograr tan siquiera el anhelado cartón licencia para matar. Pobre Leo, pobres nosotros todos los médicos. En fin, a lo que vinimos vamos.
Llegamos a la discoteca, el casting muy flojo, la música inmejorable, encuentro con varios amigos y conocidos, abrazos, bailoteos, poco licor (entre los cinco bebimos menos de media botella), mi Bebé muy contento, Angelita imparable (¿a quien en sus cinco sentidos se le ocurre -el día de su cumpleaños- cambiar una maravillosa fiesta con orquesta y parrando vallenato incluido, por subir a mariquear a La Calera con un amigo y un trío de apenas conocidos?), Leonel a la expectativa de todo lo que pudiera suceder, yo medio mamado pero contento a pesar de haberme cruzado con una de mis más agudas culebras. Bajamos de allí casi a las tres de la mañana. No dejaba de rondarme en la cabeza el anuncio que Ricardo me hizo cuando nos encontramos en donde Germán empezando la noche: "mañana tenemos almuerzo donde mis compañeros de trabajo".
Cuando las cosas le estaban saliendo tan mal a mi Bebé ese viernes fatal de oficina, entre otras cosas por el daño del portátil en el que adelantaba su nuevo proyecto, su compañero de labores no dejaba de atormentarlo con una invitación a almorzar el día siguiente en su apartamento nuevo para estrenar los muebles que recién acababa de comprar. El motivo del tormento era el requerimiento de llegar con la novia, a lo que Ricardo nada respondía. En medio del agobio y del mal genio por lo acontecido les dijo, a Diego Armando su compañero y a Javier Andrés su líder de proyecto, que no lo jodieran más, que él no tenía novia, que de eso nunca había usado porque desde niño tiraba sólo con novios. No se hicieron esperar las indagatorias al respecto, que él con poco ánimo resolvió una a una hasta llegado el momento de la salida, cuando se despidió hasta el próximo lunes, siendo increpado por el presunto anfitrión para que no faltara a la cita ese sábado muy en punto a la una de la tarde, acompañado por su cirujano de cabecera.
Yo no sabía qué decir ni qué pensar. La famosa reunión, en la que cada uno estaría acompañado por su "dama", podría pasar a ser todo un desastre, precisamente por todo el desplante al que nos tienen acostumbrados los heterosexuales, más dentro de ambientes de absoluta masculinidad como son normalmente las oficinas. No yendo muy lejos, la noche del jueves, cuando se disponían a ir a la fiesta de Navidad y de fin de año que ofrece la empresa, Javier Andrés comento su incomodidad, la de sus congéneres y familiares por tener de nuevo vecinos al Centro LGTB que la Alcaldía Mayor de Bogotá, junto con otras entidades inauguraron esta semana en la localidad de Chapinero. "Porque la mariconería siempre trae detrás a las putas, a la corruptela y a la degradación". ¡Cerrados heteros!
Me arreglé dentro de la informalidad lo mejor que pude, le pregunté sobre la actitud que esperaba asumiera frente a sus amigos, le sugerí que lleváramos vino y postre como un par de buenos maricas, le rogué que llegáramos temprano o que llamáramos para justificar el retraso.
Pasada la una y media de la tarde llegamos al lugar. Fuimos recibidos por Diego Andrés y su amiga con total naturalidad. Muy queridos, muy puestos todos. No llegaron los muebles, no llegó la nevera, mejor dicho, con suerte se pudo preparar la pasta con salsa de carne, que mi Bebé acompañó solo con parmesano. Al rato llegaron Javier Andrés y señora. Muy simpático él, la tenía viva pues había bebido hasta bien entrada la mañana. Enamorado de su mujer, un straight muy extraño en su proceder de pareja. Nos agradó mucho su actitud. Pasamos una buena tarde, hablamos de todo un poco (menos de trabajo), reimos mucho, pasamos bien. Creo haber pasado la prueba aunque mi Bebé no ha hecho comentario alguno. Diego Armando es un llanero muy, pero muy bonito, sueño húmedo de much@s. Javier Andrés es un rolito risueño, buena persona, arrollador si se lo propone, algo homofóbico, no lo puede negar, pero respetuoso de los espacios y las personas. La amiguita de Diego Armando una pereza, desgarbada, sin gracia alguna. La esposa de Javier Andrés muy neutra, una flaca bonita, ni fu ni fa, una fiera en su casa, lo tiene marchandito. Je je jé. Lo mismo dirán de Ricardo, me trae alineadito (¡jamás alienado!).
El vino y el postre cayeron como anillo al dedo. Fueron buena elección.
Ellos se fueron para casa de Javier Andrés a hacer la primera novena, nosotros caminamos hasta casa de Germán a buscar qué hacer de sábado en la noche.
De unos días para acá hemos venido experimentando rumba fuera de nuestros escenarios naturales. Así bien empezamos a visitar lugares en Chapinero, pasamos un par de noches por la Primera de Mayo, esculcamos poco a poco los rincones que encontramos en las guías gay de Bogotá. Pues bien, el sábado nos fuimos para el Restrepo a buscar rumba gay. Quedamos impresionados por la cantidad y variedad de lugares, que acogen todo tipo de música y usuarios. Sin embargo el único lugar "de ambiente" que encontramos fue todo un desastre, con gente espantosa, música malísima. Salimos despavoridos, preguntando a "babor y estribor" por más posibilidades, pues en una guía de Internet aparecían al menos seis lugares, dos de los cuales rezaban "exclusivo para mujeres", y esos fue los únicos que encontramos. A las once de la noche, después de caminar en círculo completando, diría yo, unos cuatro kilómetros, decidimos ir a Chapinero. La rumba allí no nos apasiona, sin embargo estamos en la aventura de conocer y descubrir. Pinky y Cerebro, decía Germán.
En la esquina de la calle 63 con 13, después de parquear el carro frente al bar de Fercho´s, en la 64 con décima, entramos a Plataforma. El primer intento fue para entrar al desaparecido Ra, que le dió paso a otra nueva versión de Metro (una más, nuevo intento de Jairo), con barra libre por diez mil pesos hasta las tres de la mañana. No quisimos pagar el cóver para no tomarnos lo que no nos queríamos tomar. Entrar a Dark era ya muy tarde, la culiandanga estaría a esa hora bastante avanzada y con las primeras deserciones por agotamiento. Probamos entonces en Plataforma y nos gustó. Un tercer piso, espacio muy amplio, música interesante, cóver barato, gente normal; nos tocó una pelea de un anciano con un putico, jejeje, o al menos eso parecía. El muchacho no quería demostrar cariño a su patrón, y éste -muy molesto- mechoneó el escaso y ralo cabello que escondía el jovencito bajo una desteñida gorra. Se levantó el primero, partió despavorido el segundo.
Con mi Bebé bailamos su música loca, con Germán el tropical bailable que tanto nos gusta. Cerca de las dos de la mañana estábamos todos realmente cansados, por la infructuosa caminada del Restrepo, y a dormir tocó.
El domingo de madrugada el primer polvo, me sentí casi deliciosamente violado, en similares circunstancias que la primera noche en Pereira, esta vez con mucho KY de por medio. En la mañana un segundo polvo, antes de bañarnos. En la tarde, justo antes de salir para la novena a la que nos habían invitado Mauricio Enrique y Andrés Bonito, el tercero, delicioso, mucho semen desperdigado. Este tercero tuvo la culpa de que se nos dañara el postre que aportaríamos para la popular reunión. Un delicioso flan, se secó el agua del baño maría, y se echó a perder cuando estaba casi perfecto. Culpa de las hormonas. ¿Solución? espantosas galletas de la panadería de la esquina. Mucha tristeza, mucho dolor de cocina pero nada que hacer.
Este fue un verdadero domingo de descanso, la mayor parte entre la cama, un rico almuerzo con una torta de tornillos que algún día postearé, sexo reposado, algo de TV. Periódico y a descansar temprano.
Hace cerca de un mes, si mal no estoy, Tilo preguntó acerca del apelativo con que cada quien se refiere al miembro viril que anatómicamente recibe el nombre de pene. Pipí es el mío, y el de mi Bebé, que ya no sabemos cuál es el de quién, si del que lo usa o lo disfruta, en fin...
Lo describo a sabiendas de convertirme en objeto de todo tipo de burlas y comentarios mal intencionados. En su máximo estado de flacidez, por ejemplo en presencia de frío o en medio de un ataque de pudor extremo, es casi invisible, escondido entre los abundantes pendejos de mi región inguinal. En reposo normal, su tamaño creo que no sobrepasa los siete centímetros, muy arrugadito, del mismo color -acaso un tris más oscuro- que el resto de mi piel. En erección suprema jamás ha sobrepasado los catorce centímetros, medido desde su raíz más profunda. En realidad trece, nunca he llegado a más. Y que nadie me diga que ejercitarlo a punta de pajazos lo hace desarrollarse por encima del promedio, que de ser así -con la actividad a la que permaneció sometido desde casi los diez años, ocasionalmente hasta seis veces en veinticuatro horas- sería yo hoy el mejor dotado de los adonis sin par en este valle de lágrimas. El diámetro, por qué no reconocerlo, sí está un poco por encima del promedio. De hecho nadie, hombre o mujer, se ha quejado hasta ahora porque le falte o porque le sobre. Y aunque el tamaño sí importa, creo tener lo suficiente para que sirva para lo que quiero y necesito, sin llegar a ser objeto de algún tipo de admiración extrema.
Pues bien, bastante frecuente es entre nosotros jugar con el pipí. Que cuando nos acostamos, que me lo tocas y te lo toco, que cuando nos bañamos, que te lo lavo, que me lo lavas (¡ayyy!), que cuando coqueteamos íntimamente, que te lo beso, que me lo besas. Que con sexo vulgar, atroz, soez y descarado (exquisito), que me lo mamas y te lo mamo. Incluso hasta tragarnos la leche disfrutamos.
Esta mañana, saliendo de la ducha, mi Bebé jugó a acariciarme el cuerpo. Yo me excité, lo que no es para nada extraño. Entonces jugó a descapullarme el glande, que me da mucha impresión por sentirme desprotegido entre sus dedos (otro detalle, sí, soy incircunciso, y qué, es delicioso). No aguantando yo la manipulación forzosa, dispuso la misma tarea esta vez entre sus húmedos labios. Me hace dar grititos de placer, lo confieso. Se puso en cuatro, arremetí en su culito, que como siempre logró deslechar mi pipí, que siempre tiene ganas con él. Con otro no me funciona. ¡Soy impotente!
A pesar de lo chiquito que lo tengo, me encanta verlo crecer, siempre he sentido eso muy excitante. Colocar la mano sobre una verga dormida y sentirla lograr su tamaño me encandila, me pone a volar. Mi Bebé me encanta, adoro a mi Bebé, espero que no se moleste mi Bebito por revelar estas cosas horribles y espantosas. De hecho espero que este post esté tan mamón de leer que nadie, ni mi Bebé bonito, llegue hasta aquí para mirar estas sandeces.
Vacaciones corticas pero sustanciosas. Navidad en Medellín con Marco T. y futuro marido. Llegaremos el 23 para rumbear de lo lindo entre paisas sabrosones. Año Nuevo con la familia de Ricardo en el eje cafetero. Llegar a trabajar la primera semana de enero, para recomenzar con muy buenos ánimos el que ojalá sea un año próspero de verdad. ¿Que de verdad habrá para mí un año próspero en la vida?
La pelea con mi hermana paso a ser con mi hermana y con mi Mamá. Con mi hermana no hablo, evitamos cruzarnos. Con mi Mamá no es justo, pero ahí vamos mejorando, que no se me quita el rencor en el corazón. Ojalá las novenas familiares logren algo.
Que el celular que tenía en uso era de mi hermana, tocó devolverlo, pero mi Bebito me regaló celular nuevo, de Tigo, a quien tenga Tigo que me escriba al privado y hacemos conferencias.
Que mis mejores deseos porque logren sentir de verdad el espíritu de la Navidad en compañía de todos aquellos que escojan como seres queridos; que los amigos son hermanos que se escogen, que la familia es la que nos toca pero lo único incondicional que en realidad de verdad existe, hay que quererla aunque no nos quieran a nosotros.
Que me mamé de escribir, que esto está muy largo, que felicidades para todos y que espero nos veamos, literalmente hablando, el próximo año. Un abrazo fraterno y un beso perverso para todos.
Que gracias por las nominaciones a los nominadores.
Que el nuevo blogger de El Tiempo me pareció peligroso, radical y no me gusta.
Que se me siguen ocurriendo cosas.
jueves, 7 de diciembre de 2006
Con rencor en el corazón
Anoche, me enredé en una discusión con mi hermana porque pretendí defender a mi sobrinito, porque -como siempre- le encanta hacerlo llorar. A garganta llena me gritó marica, delante de mi Bebé, de mi sobrino, de mi Mamá y de mi nana. A nadie, de los que viven en el "hogar", le importó ni mierda.
Solo me restó salir, llorar, rabiar. Perdóname Bebé.
No me importó que me mariqueara, me importa más que maltrate a mi pequeño. Igual nadie hace ni mierda.
Hoy borré su cuenta de mi PC. Y seguiré esperando que se pudra. Tengo odio en el corazón.
Perdona, célebre inmortal, la verdad de lo que sucedió fue eso. Perdona.
Solo me restó salir, llorar, rabiar. Perdóname Bebé.
No me importó que me mariqueara, me importa más que maltrate a mi pequeño. Igual nadie hace ni mierda.
Hoy borré su cuenta de mi PC. Y seguiré esperando que se pudra. Tengo odio en el corazón.
Perdona, célebre inmortal, la verdad de lo que sucedió fue eso. Perdona.
martes, 5 de diciembre de 2006
La ducha de esta mañana
Antes algunos comentarios muy particulares, el primero para agradecer el saludo de felicitación de Pe-Jota por el onomástico que compartimos el pasado tres de diciembre. Efectivamente, tocayo, aquí no es común celebrar estos acontecimientos, sin embargo la coincidencia con el día Panamericano del Médico, hizo que mi familia preparara un delicioso pie de manzana que, junto con mi Bebito, disfrutamos al máximo. Espero que tu celebración, cómplice, haya sido en grande.
El segundo para destacar una visita muy especial, de un artista plástico argentino -Hector Toscano- muy valiente, grandísimo como persona, que se atreve a lo que a muchos aterra. Mi admiración y mi reconocimiento público. Mil agradecimientos por tu comentario, inmerecida visita a mi rincón bloggeril.
Quedé encantadísimo con Homo-sapiensis por el abrazote paisa que me "propinó". Tengo debilidad patológica por los paisas en general y por los medellinenses en particular, no imaginas cuánto (¿celos de mi Bebito?). Para mí son "raza" especial.
Mi, nuestro, ofrecimiento en lo que se pueda requerir para lo que se pueda ofrecer para un eventual encuentro de los mejores bloggers del planeta. Disposición incondicional y absoluta dado que los deseos de nuestros "colegas" son órdenes y música para nosotros (¡zalamería directa y franca! ¿Algo me traeré, nos traeremos, entre manos?).
...
Ahora sí la ducha de esta mañana, que como todas las anteriores, se inició de la forma acostumbrada: JavieRodrigo:., yo, se levanta, me levanto, me encierro a miccionar y/o deposicionar (¿mejor que orinar y/o cagar?), alisto el baño (temperatura, shampoos, jabones, implementos de afeitar), destapo la desnudez de mi Bebé, preparo sus chanclas de caucho al pie de la cama para que no apoye sus pies cálidos en el frío intenso de la baldosa, lo levanto de la mano, entro a la ducha, él a sus necesidades matutinas mientras yo humedezco el cuerpo y termino de preparar las condiciones del baño. Entra mi Bebé. Humedece su bello cuerpo.
La particularidad de hoy es que lo noto un poco más modorriento que siempre. Le pregunto que si se enjabona primero o que si yo me enjabono. Normalmente, si no es día de afeitada -como hoy- me enjabono yo primero. Sin embargo su modorra no me daba espacio, la ducha es realmente estrecha. Me miró y dijo "enjabóname", a lo que procedí sin comentarios. Primero el jabón de la cara -hoy no le tocaba shampoo- que es medicado de avena para controlar el acné juvenil (tan lindoooo mi Bebé), después el jabón del cuerpo, haciendo el énfasis especial, necesario y rutinario en su culo y en su dormida verga.
Terminando de enjabonar sus pies, inquirió que su pipí no estaba bien lavado, pero cómo, si lo lavé bien, me dijo no repite que me hace falta, pero si te lo lavé suficientemente, te embadurné el jabón de siempre, pero que no si no se me ha parado. Je je jé, me dio mucha risa y comprendí. Se lo enjaboné hasta obtener el despertar certero e inquietante.
Mientras se enjuagaba el jabón, yo me enjaboné lo que alcanzaba, pidiéndole que me untara la espalada, que ayer con la febrícula había sudado de más y quería sentirme muy limpio. Con el cariño de siempre, me acarició, me embadurnó. Y mientras yo descapullaba mi pene para lavar el glande y el surco, se empalagó manualmente con mi verga, que respondió de inmediato. Terminé de excitarme al escuchar las onomatopeyas sexuales con las que demostraba cómo disfrutaba tenerme a su merced. Me retiré, di media vuelta y terminé de bañarme.
Nuestro juego sexual repetido.
No pasó más, nos habíamos levantado justos de tiempo entonces no podía pasar más. No nos preocupaba que pasara más. Seguimos deliciosos. Despertando la misma pasión el uno por el otro. Unos días él más que yo, la mayoría de las veces yo más que él.
...
De nuestro próximo viaje a Pereira empezaré por comentar el itinerario original. Viajaremos el jueves de las velitas, cuando Ricardo salga de la oficina, pasadas las cinco de la tarde. Espero que tengamos todo listo desde la noche del miércoles. Llegaremos en la madrugada del viernes, en bus, el carro no está como para pasar la Línea y la economía familiar no da para aeropuertos. Dormiremos hasta entrado el medio día. Desalmuerzo (¿brunch?), paseo a Salento, Valle de Cocora, almuerzo vespertino con trucha y patacones. Terminando la tarde (¿o empezando la noche?) camino a Quimbaya, a disfrutar su incomparable iluminación prenavideña. Caminaremos, beberemos uno que otro aguardiente, bien entrada la noche cenaremos algo callejero y retornaremos a Pereira.
El sábado a hacer el recorrido de los parques cafeteros, tengo gran interés en Panaca. En la noche, buscando un relajante descanso (no todos los descansos son relajantes, estarán de acuerdo conmigo) iremos a las Termales de Santa Rosa, las tradicionales. A las de San Vicente, más si no se conocen, es mejor ir de día. Pasada la media noche, camino a casa.
El domingo, preparar almuerzo familiar (flan de melocotón y vainilla como postre), saunazo en la tarde, viaje en la noche para llegar el lunes, Ricardo a trabajar, yo a pelear entre y con abogados.
Julianita, la sobrina de Ricardo, hija de Claudia Mary, la hermana mayor de mi Bebé, comentó que Mary, mi suegra, quería "dañar" nuestro paseo ya con varios días anunciado, porque prefería que fuéramos el siguiente fin de semana, para coincidir con la presencia de varios primos en la trasnochadora, querendona y morena. Mi Bebito, muy acertadamente comentó, que sin importar lo que hiciera o dejara de hacer o de decir la Mamá, íbamos para Pereira con un plan muy bien programado. Con ella o sin ella. "Aquí a las nueve se tira, con marido o sin marido a esa hora se tira".
La última llamada de Mary, parece reducir nuestro paseo a una finca cercana a Pereira y una visita familiar en Armenia. Amanecerá y veremos, en fin, representará un ahorro, de pronto. Pero en Pereira nos vemos, jejejejejé.
...
Mi Bebito, qué rico soñar contigo.
El segundo para destacar una visita muy especial, de un artista plástico argentino -Hector Toscano- muy valiente, grandísimo como persona, que se atreve a lo que a muchos aterra. Mi admiración y mi reconocimiento público. Mil agradecimientos por tu comentario, inmerecida visita a mi rincón bloggeril.
Quedé encantadísimo con Homo-sapiensis por el abrazote paisa que me "propinó". Tengo debilidad patológica por los paisas en general y por los medellinenses en particular, no imaginas cuánto (¿celos de mi Bebito?). Para mí son "raza" especial.
Mi, nuestro, ofrecimiento en lo que se pueda requerir para lo que se pueda ofrecer para un eventual encuentro de los mejores bloggers del planeta. Disposición incondicional y absoluta dado que los deseos de nuestros "colegas" son órdenes y música para nosotros (¡zalamería directa y franca! ¿Algo me traeré, nos traeremos, entre manos?).
Ahora sí la ducha de esta mañana, que como todas las anteriores, se inició de la forma acostumbrada: JavieRodrigo:., yo, se levanta, me levanto, me encierro a miccionar y/o deposicionar (¿mejor que orinar y/o cagar?), alisto el baño (temperatura, shampoos, jabones, implementos de afeitar), destapo la desnudez de mi Bebé, preparo sus chanclas de caucho al pie de la cama para que no apoye sus pies cálidos en el frío intenso de la baldosa, lo levanto de la mano, entro a la ducha, él a sus necesidades matutinas mientras yo humedezco el cuerpo y termino de preparar las condiciones del baño. Entra mi Bebé. Humedece su bello cuerpo.
La particularidad de hoy es que lo noto un poco más modorriento que siempre. Le pregunto que si se enjabona primero o que si yo me enjabono. Normalmente, si no es día de afeitada -como hoy- me enjabono yo primero. Sin embargo su modorra no me daba espacio, la ducha es realmente estrecha. Me miró y dijo "enjabóname", a lo que procedí sin comentarios. Primero el jabón de la cara -hoy no le tocaba shampoo- que es medicado de avena para controlar el acné juvenil (tan lindoooo mi Bebé), después el jabón del cuerpo, haciendo el énfasis especial, necesario y rutinario en su culo y en su dormida verga.
Terminando de enjabonar sus pies, inquirió que su pipí no estaba bien lavado, pero cómo, si lo lavé bien, me dijo no repite que me hace falta, pero si te lo lavé suficientemente, te embadurné el jabón de siempre, pero que no si no se me ha parado. Je je jé, me dio mucha risa y comprendí. Se lo enjaboné hasta obtener el despertar certero e inquietante.
Mientras se enjuagaba el jabón, yo me enjaboné lo que alcanzaba, pidiéndole que me untara la espalada, que ayer con la febrícula había sudado de más y quería sentirme muy limpio. Con el cariño de siempre, me acarició, me embadurnó. Y mientras yo descapullaba mi pene para lavar el glande y el surco, se empalagó manualmente con mi verga, que respondió de inmediato. Terminé de excitarme al escuchar las onomatopeyas sexuales con las que demostraba cómo disfrutaba tenerme a su merced. Me retiré, di media vuelta y terminé de bañarme.
Nuestro juego sexual repetido.
No pasó más, nos habíamos levantado justos de tiempo entonces no podía pasar más. No nos preocupaba que pasara más. Seguimos deliciosos. Despertando la misma pasión el uno por el otro. Unos días él más que yo, la mayoría de las veces yo más que él.
De nuestro próximo viaje a Pereira empezaré por comentar el itinerario original. Viajaremos el jueves de las velitas, cuando Ricardo salga de la oficina, pasadas las cinco de la tarde. Espero que tengamos todo listo desde la noche del miércoles. Llegaremos en la madrugada del viernes, en bus, el carro no está como para pasar la Línea y la economía familiar no da para aeropuertos. Dormiremos hasta entrado el medio día. Desalmuerzo (¿brunch?), paseo a Salento, Valle de Cocora, almuerzo vespertino con trucha y patacones. Terminando la tarde (¿o empezando la noche?) camino a Quimbaya, a disfrutar su incomparable iluminación prenavideña. Caminaremos, beberemos uno que otro aguardiente, bien entrada la noche cenaremos algo callejero y retornaremos a Pereira.
El sábado a hacer el recorrido de los parques cafeteros, tengo gran interés en Panaca. En la noche, buscando un relajante descanso (no todos los descansos son relajantes, estarán de acuerdo conmigo) iremos a las Termales de Santa Rosa, las tradicionales. A las de San Vicente, más si no se conocen, es mejor ir de día. Pasada la media noche, camino a casa.
El domingo, preparar almuerzo familiar (flan de melocotón y vainilla como postre), saunazo en la tarde, viaje en la noche para llegar el lunes, Ricardo a trabajar, yo a pelear entre y con abogados.
Julianita, la sobrina de Ricardo, hija de Claudia Mary, la hermana mayor de mi Bebé, comentó que Mary, mi suegra, quería "dañar" nuestro paseo ya con varios días anunciado, porque prefería que fuéramos el siguiente fin de semana, para coincidir con la presencia de varios primos en la trasnochadora, querendona y morena. Mi Bebito, muy acertadamente comentó, que sin importar lo que hiciera o dejara de hacer o de decir la Mamá, íbamos para Pereira con un plan muy bien programado. Con ella o sin ella. "Aquí a las nueve se tira, con marido o sin marido a esa hora se tira".
La última llamada de Mary, parece reducir nuestro paseo a una finca cercana a Pereira y una visita familiar en Armenia. Amanecerá y veremos, en fin, representará un ahorro, de pronto. Pero en Pereira nos vemos, jejejejejé.
jueves, 30 de noviembre de 2006
El aroma ferozmente sexual de tu cuerpo
El lunes en la noche, a pesar del cansancio compartido y de tu intención de reservar las lides del amor únicamente para las mañanas, mientras revisabas las noticias del periódico, me permitiste consentir graciosamente tu hermoso culo, tan solo forrado en tu siempre excitante interior de algodón.
Me dediqué, primero soslayado y tímido, después poco más que descaradamente, a pasar mis manos enceguecidas, mi cara entumecida por la turgencia de tus arrogantes y altivas nalgas.
Mi atrevimiento osó distraer tu concentración en la prensa, para permitirme posar los hoscos dedos por entre la raja. Incluí casi al simultáneo mi boca y mi nariz husmeando el hoyo que me permitiría depositar un ósculo en tu intimidad profunda.
Te abandonaste a mí, a pesar de la hora, perdonando mi alevosía, arrojando el calzoncillo. Me diste a probar las mieles de tu verga, ya irremediablemente erecta. Me permitiste tragar el escroto lleno de la voluptuosidad de tus bolas cargadas de placer sombrío. Le abriste espacio a mi lengua para acariciar lubricando el preámbulo de tus entrañas ansiosas.
Asumiste la posición, pediste completar la lubricación y yo -solícito- embadurné mis dedos para preparar el introito. Así, desnudo, emprendí el camino a tu sodomización preciosa. Me revolqué en tu interior, eyaculé media vida, la otra media la reservé para que -escarralado de piernas- completaras el vaciamiento de tus efluvios testiculares.
El desfogue sólo nos dio tiempo de apagar la luz, cerrar la TV y arropar nuestros cuerpos enmarañados en la pasión de la noche. Me repetiste, reiteraste de hecho, casi a reclamo, que la mañana era mejor cómplice de nuestro juegos perversos.
...
Después de afeitarte, esta mañana, en medio del jabón de la ducha, me permitiste el encanto de -acaso tal vez- el mejor de los besos.
Adquiriendo una posición lasciva, gritaste a señales que enjuagara tu culo. Mi mano, decidida y firme, no pudo evitar la erección producto de tu irreverente afrenta. Después rogaste que inquiriera en tu sexo, para lavarlo a fondo. No toleré y me embebí de nuevo en tus apasionados labios.
En la cama probamos, cada uno y ambidestros, la fortuna del aroma perdido que solamente tú y yo reconocemos. Nos vinimos a mares, cada uno en la entraña del otro. Sin rastro, sin mancha, así lo vivimos. Así lo sentimos.
...
Esto, Señores, es lo que amarra mi erección a su cuerpo. Lo que limita mi respuesta a su aliento. Lo que inhibe mi instinto al ajeno. Amén
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